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La relación entre lengua y dialecto:

fragmento de Panorama de nuestra lengua¹

      La lengua española es el marco general (virtual) de todos los dialectos. Reúne la totalidad de las reglas compartidas por el conjunto de los hablantes de la lengua, pero no tiene hablantes propios. Solamente por medio de la elección de uno de los dialectos es que puede llegarse a un enunciado concreto: decir o escribir algo.


En el cuadro 1 se puede ver un esquema de cómo funciona esta relación.

      Cada dialecto, a su vez, tiene distintos rasgos que intervienen en la forma final que tendrá un enunciado concreto. Estos rasgos son el registro (formal, intermedio, coloquial), el dominio que se tiene sobre la variedad estándar (bajo, medio, alto), el género discursivo o situación comunicativa (charla amistosa, prosa periodística, ponencia, etc.) y el estilo individual de cada hablante (austero, verborrágico, metafórico, etc.). Cabe aclarar que este esquema es una manera de ilustrar simplificadamente una dinámica y nunca podría incluir todas las posibilidades que tienen los hablantes en la realidad. Solamente con dos categorías (situación comunicativa y estilo individual) las opciones disponibles son prácticamente infinitas y existen otras categorías que pueden proponerse y que este cuadro no incluye (contacto con otros dialectos o con dialectos de otras lenguas, edad, actividad profesional, etc.).

      
El efecto más visible que tiene el hecho de que todos estos dialectos están incluidos dentro del marco general de la lengua española es que cualquier hablante de un dialecto entiende perfectamente a cualquier hablante de otro. Este es el principio lingüístico básico de la intercomprensibilidad.

      
Siempre que dice o escribe algo, un hablante de español selecciona, de modo automático y simultáneo, cada uno de los rasgos que van a dar forma concreta a su enunciado. Dependiendo de cuál sea su variedad, usará una serie de rasgos de pronunciación, sintaxis, conjugación y léxico propios de esa variedad. Donde un hablante del dialecto madrileño dice “mañana iré a por la maleta”, un hablante del dialecto rioplatense dice “mañana voy a buscar la valija”. La gramática de la lengua incluye ambos enunciados como posibles. El dialecto madrileño tiene una preferencia por el futuro desinencial (el que tiene origen en una antigua perífrasis de infinitivo más verbo haberamar + he > amaré, amar + has > amarás, etc.) mientras que el rioplatense prefiere el futuro perifrástico del verbo ir seguido por la preposición a y el infinitivo. Un rasgo muy identificable del dialecto madrileño, ajeno a nuestro uso, es la doble preposición a por con valor de ´ir a un lugar a buscar u obtener algo´. Finalmente, hay diferencias de preferencia léxica: maleta y valija.

      
No quiere decir esto que no se use el futuro desinencial en el Río de la Plata, pero para los hablantes de la Argentina o de Uruguay el futuro desinencial corresponde a un registro formal. Un ejemplo clásico puede ser la fórmula “los novios saludarán en el atrio”. Este rasgo de formalidad queda en evidencia si convertimos el futuro desinencial en perifrástico “los novios van a saludar en el atrio”. Las dos son frases perfectamente correctas, pero una enorme mayoría de los hablantes de español rioplatense diría que existe un problema con la segunda. Este problema es que hay una estructura verbal percibida como coloquial o intermedia en una fórmula que está en el extremo de lo formal.

      
Como ya se dijo, para que haya un enunciado en español, tiene que hacerse en un dialecto y los demás rasgos deben haberse seleccionado simultáneamente. En el primer ejemplo y empleando el esquema ya presentado, el enunciado “mañana iré a por la maleta” puede clasificarse de esta manera:

      Mientras que el enunciado “mañana voy a buscar la valija” puede representarse de esta otra manera:

      Ambos ejemplos pertenecen al español y en ambos se seleccionaron exactamente los mismos parámetros excepto por el de “dialecto”. Si un argentino dijera “iré” en lugar de “voy a”, tendríamos exactamente la misma selección, salvo por el registro.

      Un fenómeno de otro orden serían los casos de mezcla, por ejemplo si un madrileño dijera “mañana iré a por la valija”:

      O el caso contrario, si un hablante del dialecto rioplatense dijera “mañana voy a buscar la maleta”:

      Estos fenómenos son comunes en la población migrante que lleva su dialecto a una región donde se emplea otro. A medida que pasa el tiempo, el hablante que está en contacto con un dialecto diferente al de origen empieza a adoptar palabras, pronunciaciones, estructuras y entonaciones de su nuevo entorno, sin nunca abandonar sus rasgos nativos por completo.

      
Por lo tanto, siempre que hay enunciado hay dialecto y los rasgos que se seleccionan en el momento de usar la lengua son numerosos y variados, y no siempre pueden separarse claramente de otros similares. Esto significa que, estudiados en suficiente detalle, nunca habrá dos enunciados que compartan absolutamente todos los rasgos, lo cual se traduce en que no existen dos hablantes exactamente iguales. Cuanto más se aleja la mirada de los fenómenos lingüísticos, mayor énfasis se podrá hacer en ciertas similitudes y proponer que en un lugar existe una variedad que es diferenciable de otra, es decir, se accede al nivel del dialecto. Si se aleja la mirada aún más y se aumenta el grado de abstracción, se accede al nivel de la lengua.

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1      Academia Argentina de Letras. Panorama de nuestra lengua. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Fundación El Libro, 2014, pp.24-29