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¿Por qué el español es la única lengua que cuenta con signos de apertura para la exclamación y la interrogación?

      Tras el éxito de la primera Orthographía española de 1741, un grupo de académicos de la Real Academia Española debatía sobre la que sería la segunda edición de la obra, publicada en 1754. En el intercambio de opiniones, uno de ellos propuso agregar a los signos que cerraban los enunciados interrogativos una marca de apertura que hiciera evidente para el lector el comienzo de la inflexión entonativa en oraciones largas. Las razones aducidas son tan simples que se resumen en un párrafo, transcripción contenida en las actas de 1752:

«Por lo tocante a la nota de interrogación se tuvo presente que, además del uso que tiene en fin de oración, hay periodos o cláusulas largas en que no basta la nota que se pone al fin y es necesario desde el principio indicar el sentido y tono interrogante con que debe leerse, por lo que la Academia acuerda que, en estos casos, se use la misma nota interrogante poniéndola tendida sobre la primera voz de la cláusula o periodo con lo que se evitará la confusión y aclarará el sentido y tono que corresponde. Y aunque esto es novedad, ha creído la Academia no debe excusarla siendo necesaria y conveniente» (en M. J. García Folgado, «Los signos de interrogación en las ortografías del español»¹).

      Ahora bien, debe tenerse en cuenta que hacia mediados del siglo XVIII, la ortografía española era todavía inestable y estaba lejos aún de ser la que estudiamos y memorizamos en la actualidad. De hecho, la innovadora propuesta tardó mucho tiempo en instituirse como la norma general que conocemos hoy: solo bien entrado el siglo XIX se fijaría la regla de que todas las oraciones interrogativas o exclamativas deben llevar, sin importar su extensión, un signo de apertura. Como afirma la descripción que ofrece la página web de la RAE sobre aquella primera ortografía académica², la obra y sus ediciones posteriores sustituyeron paulatinamente el criterio etimológico para tener más en cuenta la pronunciación y el uso.

      
Para una segunda edición de aquella primitiva Ortografía, los académicos pusieron su atención en la dificultad que podía suponer para el lector de textos en español la interpretación de frases muy extensas. Pudo deberse a que, en el estilo de escritura dieciochesco, no fuera inusual encontrarse con largas oraciones interrogativas que el lector tenía que releer para entender cabalmente su sentido. O bien, si imperaba una preocupación en pos de que la escritura diera pautas para la pronunciación, porque creyeron que un signo de apertura podía resultar una señal clara para elevar la entonación al comienzo de una pregunta.

      
En ediciones más actuales también ha habido cambios notables (en ciertos casos, muy resistidos por los hablantes del español). Los académicos contemporáneos, al igual que los del siglo XVIII, han debatido la idea de reducir paulatinamente la incidencia de las excepciones a las reglas para simplificar el sistema acentual. Así, en la edición de 2010 han suprimido, por ejemplo, las tildes de los pronombres demostrativos (este, ese, aquel y sus formas femeninas y plurales ya no llevan tilde) y la del adverbio solo, que ya no se diferencia gráficamente de su par adjetivo.

Una breve historia de la ortografía española

      Con motivo de la publicación de la Ortografía académica de 1999, Ofelia Kovacci, destacada lingüista argentina y presidenta de la Academia Argentina de Letras entre 1999 y 2001, publicó en nuestro Boletín una historia de la ortografía española en la que intenta mostrar el lento proceso de normalización que dio como resultado la fijación de un código compartido por la mayoría de los hablantes del español³. Junto con otros factores de la historia de nuestra lengua, la adopción y la vigencia de este código ha contribuido a mantener la unidad de su escritura a pesar de las diferencias dialectales y de la variación diacrónica.

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1      Artículo publicado en A. Veiga y M. Suárez (eds.), Historiografía lingüística y gramática histórica. Gramática y léxico, Madrid & Frankfurt am Main, Iberoamericana & Vervuert, 211-222. Disponible para su lectura en línea.
2      Ver Real Academia Española, “Primera Ortografía.
3      Kovacci, Ofelia. “La ortografía en la historia del español”. BAAL, LXIV, 1999, 447-468. Disponible para su lectura en línea.