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Fue una figura central de la dramaturgia contemporánea. Desde la ruptura que provocó El desatino en los años 60 hasta obras emblemáticas como La malasangre, construyó una escritura atravesada por el poder, la violencia y la condición femenina.
[En 1999, la Academia Argentina de Letras le entregó su Premio Literario correspondiente al género Narrativo (trienio 1996-1998), por su obra Lo mejor que se tiene].

El Diario Ar — «Soy lo que escribo y escribo lo que soy», decía Griselda Gambaro. La frase puede funcionar como una síntesis de una vida dedicada a la literatura y al teatro, pero también de una obra que nunca quiso permanecer al margen del tiempo que le tocó vivir. La dramaturga y narradora murió el martes 15 de septiembre a los noventa y ocho años y dejó detrás una producción que modificó profundamente la escena argentina.
Gambaro fue una renovadora desde su irrupción misma en el teatro. En un ámbito dominado entonces por hombres y por las formas del realismo social, apareció con un lenguaje que incorporaba el absurdo, la crueldad, la amenaza y unos vínculos atravesados por mecanismos de sometimiento que podían comenzar en una familia y extenderse hasta abarcar a toda una sociedad.
«Yo creo que no le pedí permiso a nadie», diría muchos años después al recordar aquellos comienzos. Y tampoco parecía dispuesta a hacerlo. «Siento que aparecí en el momento oportuno con la voz oportuna», explicó alguna vez sobre el lugar singular que terminó ocupando en la dramaturgia argentina.
Había nacido en 1928 en el barrio porteño de La Boca, en una familia de inmigrantes. Allí hizo la escuela primaria y luego cursó el secundario en Barracas. Desde muy chica fue una lectora voraz y pronto descubrió que quería escribir. Pensó en estudiar Letras, pero finalmente descartó la universidad porque necesitaba tiempo para dedicarse a la escritura.
[…] En 1965 estrenó El desatino en el Instituto Di Tella, con dirección de Jorge Petraglia. La obra produjo una conmoción. Los sectores ligados al realismo social la rechazaron, mientras otros críticos vieron en aquel estreno la aparición de un lenguaje nuevo.
[…] A El desatino le siguieron Las paredes (1966), Los siameses (1967), El campo (1968), Nada que ver (1972) y Sólo un aspecto (1974), entre otras piezas. En ellas fue construyendo un territorio propio, poblado por relaciones desiguales, víctimas y victimarios, silencios, amenazas y formas de violencia que muchas veces se instalaban sin necesidad de ser nombradas.
[…] Los reconocimientos acompañaron una trayectoria de más de seis décadas. Recibió el Premio Municipal, varios premios Argentores, el Premio Nacional de Teatro, el María Guerrero, distinciones de la Academia Argentina de Letras y numerosos Konex. En 2016, el Instituto Nacional del Teatro le otorgó el Premio a la Trayectoria y en 2023 la Biblioteca Nacional la distinguió con La Rosa de Cobre.
En 2005 se convirtió además en la primera escritora en inaugurar la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Cinco años después, cuando la Argentina fue país invitado de honor en la Feria del Libro de Frankfurt, estuvo a cargo del discurso inaugural en representación de los escritores argentinos […].
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