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«Nadie se sumerge dos veces en el mismo texto», por Pedro Luis Barcia

 

Si la lectura es un necesario y preciado ejercicio, para Barcia la vuelta a un mismo texto, releerlo, implica a la vez un ver entre líneas y detrás de las letras, un sorprendente redescubrimiento, un plus de renta en conocimiento y en gozo. El ensayo, que pareciera ser un verdadero manual para aprender a leer, nos incita a procurarnos el hábito del «eterno» retorno a los libros queridos y a los clásicos. Y redoblando la apuesta, el académico concluye: «Dime qué relees y te diré quién eres».


La Gaceta — La más perdurable y valiosa de las rerre que se postulan por todos lados, y la menos practicada, es la relectura. Probado. Porque el retorno a un texto ya cursado nos habilita para una comprensión más profunda de él y, con ello, pasamos a la intralectura y a la sotolectura. (¡Para algo están los prefijos: para usarlos!). El conocido libro de Nicholas Carr sobre Internet, Superficiales, trae una frase que cifra páginas de exposición: «Navegar en Internet es surfear. Leer un libro es bucear». Asigún, diría un paisano, asigún el lector y el surfista.

Borges apuntaba: «‘Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer’, dije alguna vez. No sé si soy un buen escritor, creo ser un excelente lector, o, en todo, caso, un sensible y agradecido lector». Pudo agregar, aun con mayor restricción, que se jactaba, todavía más, de los libros que había releído. Posiblemente puedan postularse como merecedores de relectura los libros que él enlistó en su «Biblioteca personal», en cuyo proyecto solo alcanzó a prologar 72 obras, listado que tejió y destejió, asistido por la fiel María Kodama, una nómina de obras de lo que definió «una biblioteca de preferencias».

En un segundo nivel de restricción, un periodista le pregunta a Borges cuáles serían los tres libros que llevaría a una isla desierta. Naturalmente, su reacción liberal frente a la limitación arbitraria de la propuesta, fue por qué no podía llevar más. Pero se decidió, finalmente, por uno solo: la Biblia. Cuando el reportero inquirió por la razón de su elección, le espetó: «Porque son muchos libros en uno». Con lo cual, volvió por sus principios de burlar los encasillamientos y las prefijaciones.

En varios pasajes de su obra, Borges encomia la relectura. Y advierte que pocos son los libros que la merecen. Recuerdo, cuando visitaba a Leopoldo Marechal durante su insularidad política, en el departamento porteño, su biblioteca personal cuyo cuerpo tenía cuatro estantes y una anchura de dos metros, no más, que contenían unas doscientas obras, pero muy manidas por la frecuentación. Allí estaban los libros a los que volvía con ojo diurno y nocturno: Platón, la Biblia, una antología de presocráticos. Cuando le pregunté por qué estrechaba a esos pocos volúmenes sus lecturas, me contestó: «Son suficientes: los clásicos y los dilectos, los que merecen relectura» […].

Seguir leyendo el artículo del académico honorario de la AAL Pedro Luis Barcia publicado en La Gaceta, el domingo 9 de agosto.

 


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