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«Cuarenta años sin Borges:
su relación con Mendoza, un laberinto interminable», por Jaime Correas

 

Desde el primer doctorado honoris causa que recibió en su vida hasta la historia (con visos de tragedia) de unos poemas inéditos, este artículo repasa el vínculo del autor de Ficciones con nuestra provincia, a cuarenta años de la muerte del gran escritor argentino.

borges

Los Andes — Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y que no veremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y del término, la caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo
esta meditación es un consuelo.

Borges no podía imaginar que el soneto que había dejado correr aparecería en el bolsillo de un hombre asesinado en Medellín. Héctor Abad Gómez era un reconocido médico y defensor de los derechos humanos, decano de la facultad de Medicina. Después de que los sicarios paramilitares lo mataran a balazos el 25 de agosto de 1987, cuando su hijo llegó a donde yacía el cadáver en la calle Argentina rescató del bolsillo de la camisa dos papeles. Uno era la hoja con la condena a muerte de veinte personas, de las cuales diecisiete fueron ejecutadas. Pero también encontró ese soneto firmado al pie «J.L.B.». Luego, no sólo escribió una nota periodística reproduciendo el poema, sino que lo hizo tallar en la lápida con la firma de Borges.

Casi veinte años después, en 2006, Héctor Abad Faciolince publicó un libro extraordinario sobre su padre titulado El olvido que seremos. Rápidamente se transformó en un suceso de lectores en Colombia y las ediciones se sucedieron. Inesperadamente, en 2007 apareció el estrambótico poeta Harold Alvarado Tenorio y le aseguró a Héctor que el poema no era de Borges, que lo había escrito él. Herido por la posibilidad de haber caído en una trampa, inició una pesquisa desesperada. Pero no tardó en encontrar inconsistencias en la versión del extravagante personaje. Al final Alvarado Tenorio, acorralado, le confesó: «Es cierto, yo no escribí el poema, lo escribió un tal Jaime Correas que vive en Mendoza, pero no quiere oír hablar del tema». Fue así que Héctor me llamó por teléfono desde Berlín la tarde del 12 de agosto de 2007. Empezó diciendo: «No quiero que usted piense que yo estoy loco». Y luego a borbotones desarrolló una historia increíble, cuyo origen remoto yo reconocí de inmediato hundido en mi memoria de estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo a fines de los 80. En medio de la agitación de su detallado y pertubador monólogo, lleno de violencia y engaños, se detuvo y me preguntó inquisitivo: «¿Usted escribió el soneto?». Lo alivié parcialmente: «No, el soneto es de Borges y lo publicamos junto a un grupo de compañeros de estudios con otros cuatro más, todos inéditos». Casi sin dejarme terminar volvió a la carga: «¿Me lo asegura? Después de lo que está pasando ya no creo en nada, ni en nadie y para mí es muy importante conocer la verdad». «Sí, créame, han pasado veinte años, pero reconocí de inmediato el verso que me citó: ya somos el olvido que seremos». «¿Me ayudaría a demostrarlo?», contraatacó. «Por supuesto», respondí seco casi sin pensarlo.

Recuerdo esos quince días posteriores al llamado como los más excitantes de mi vida intelectual. Iban y venían mails con detalles, novedades, suposiciones, pistas falsas y ciertas, personajes increíbles que entraban a los archivos clasificados de la inteligencia estadounidense o rastreaban los datos más insólitos, poetas de toda laya, víctimas y desencantados. Mi existencia comenzó a girar alrededor de la obsesión de aquel hombre salido de las sombras y ya no pude escaparme […].

Seguir leyendo el artículo del académico correspondiente de la AAL con residencia en Mendoza Jaime Correas publicado en Los Andes, el sábado 13 de junio.

 


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