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Carlos Gorostiza
Sus obras más destacadas
Dramaturgia:
La clave encantada, obras para títeres – 1943
El Puente – 1949
El Fabricante de piolín – 1950
El caso del hombre de la valija negra (Obra corta) – 1951
Marta Ferrari – 1954
El último perro (Versión teatral de la novela) – 1954
El Juicio – 1955
El reloj de Baltasar – 1956
El Pan de la Locura – 1958
Vivir aquí – 1964
Los Prójimos – 1966
¿A qué jugamos? – 1968
El lugar – 1970
Los cinco sentidos capitales – 1973
Juana y Pedro – 1975
Los hermanos queridos – 1978
El acompañamiento – 1981
Hay que apagar el fuego – 1982
Matar el tiempo – 1982
Papi – 1983
El frac rojo – 1988
Aeroplanos – 1990
El patio de atrás – 1994
Los otros papeles – 1996
A propósito del tiempo – 1997
Abue - Doble historia de amor – 1999
Toque de queda – 2003
El alma de papá – 2006
El aire del río – 2011
Vuelo a Capistrano – 2011
Narrativa: Novelas y cuentos
Los cuartos oscuros – 1976
Cuerpos presentes – 1981
El basural – 1988
Vuelan las palomas – 1999 (Premio Planeta)
La buena gente – 2001
La tierra inquieta – 2008
Memorias
Páginas de Carlos Gorostiza (selección de Editorial Gedisa) – 1984
El merodeador enmascarado (autobiografía) – 2004
De guerras y de amores (poemas juveniles y otros escritos) – 2012
Ensayo
De Narciso a las selfies (ensayo) – 2016

Premios
Premio Nacional de Teatro – 1967 – por Los prójimos
Premio Nacional de Novela – 1976 – por Los cuartos oscuros
Premio Municipal de Teatro – 1959 – por El pan de la locura
Premio Municipal de Novela – 1976 – por Los cuartos oscuros
Premio Planeta de Novela – 1999 – por Vuelan las palomas
Numerosos premios a sus obras otorgados por Argentores, Asociación de Cronistas del Espectáculo, María Guerrero, Konex de Platino, Prensario, Meridiano de Plata, y otros.
Además, numerosas distinciones a su trayectoria otorgadas por organizaciones culturales.

Algunas declaraciones de Carlos Gorostiza
«Mi currículum: Nací, lloré, grité, chupé, comí, pataleé, pedí, reclamé, bebí, oriné, defequé, reí, sentí, toqué, olí, gusté, hablé, escuché, jugué, aprendí, crecí, creé, creí, dañé, castigué, perdoné, amé, acaricié, odié, protesté, forniqué, viajé, destruí, construí, escapé, enfrenté, olvidé, recordé, enfermé, curé, temblé, dudé, claudiqué, luché, maté, robé, engañé, soñé, desprecié, admiré, blasfemé, oré, canté, gocé, sufrí, pensé, envidié, di, recibí, peleé, gané, perdí, afirmé, negué, acepté, callé, trabajé, enseñé, iluminé, ensombrecí, inauguré, clausuré, defraudé, respondí, acerté, erré, ayudé, ensucié, limpié. Y ahora espero».
Incluido en Páginas de Carlos Gorostiza seleccionadas por el autor, Buenos Aires, Celtia, 1984, p. 43.
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«Dos años antes de la gestación de Teatro Abierto, en 1978, yo había montado para el Grupo de Trabajo mi obra Los hermanos queridos con la actuación de Carlos Carella y Ulises Dumont. El trabajo con ellos había sido muy feliz. Manifesté mi deseo de escribir la obra pensando en ellos como protagonistas. Mi sugerencia fue aprobada. Consulté con los dos actores y una vez asegurada su participación me ausenté durante cuarenta días y al regreso me presenté en Argentores con mi pequeña pieza ya escrita. Su título era El acompañamiento».
Fragmento de El merodeador enmascarado. Algunas memorias, de Carlos Gorostiza, Buenos Aires, Seix Barral, 2004, p. 222.
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«Teatro Abierto fue un acto de rebeldía y será una alegría celebrar este aniversario. Todo empezó cuando un director de un teatro oficial dijo en 1980 que no se podían hacer obras de autores argentinos porque no había. En el mismo momento se cerró la cátedra relacionada con el autor argentino en la Escuela Nacional de Arte Dramático. Además, muchos de nosotros estábamos prohibidos. Entonces vino Chacho Dragún con la idea de contrarrestar todo aquello estrenando veintiún autores nacionales, tres obras cortas por día, una semana completa. En síntesis, una locura, porque si no hubiera sido una locura, no hubiese sido posible. Ya veníamos trabajando desde unos años antes de Teatro Abierto con nuestras obras en el Teatro Lasalle, donde estrenamos La Nona de Tito Cossa, Los hermanos queridos, El ex alumno de Somigliana, repusimos El pan de la locura, y nos ponían bombas. Nos reunimos entonces acá, en mi casa, con la idea de hacer algo todos juntos. Teatro Abierto fue el momento más feliz de toda nuestra existencia artística. Ningún éxito, por más grande que haya sido, puede compararse con la felicidad que sentimos todos en aquel momento. Ahí estrenamos El acompañamiento, con Carlos Carella y Ulises Dumont. Inolvidable. Y lo curioso es que la obra se sigue haciendo y ha recorrido todo el mundo».
Fragmento de la entrevista «Carlos Gorostiza. Escuchar el latido social a través del teatro», por Jorge Dubatti, Tiempo Argentino, Suplemento Cultura, domingo 9 de enero de 2011, p. 1 y pp. 4-5.
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«Apenas Iniciado el ciclo de Teatro Abierto de 1981, la dictadura militar intuyó que este movimiento era algo más que una simple temporada de afanosos artistas, y decidió interrumpir sus funciones incendiando con bombas el Teatro El Picadero. Ya sabemos que esta tenebrosa intención no tuvo éxito y que Teatro Abierto continuó con sus funciones unos pocos días después y durante todo el año en el Teatro Tabarís. En 1982 Teatro Abierto volvió a demostrar su capacidad de expresarse en libertad a pesar de las oposiciones de la dictadura. Fue para esta temporada que escribí Hay que apagar el fuego. La metáfora intentaba ser clara: la dictadura encendía fuegos que había que apagar. Allí estaba la sufriente, confusa y débil Libertad, vendida y comprada por un personaje oscuro y traicionero —Pascual— y frente a ellos esa mezcla de generosidad, bondad y picardía que es Cayetano, el bombero voluntario siempre listo para apagar cualquier fuego, hasta aquel que puede iniciarse en su propio hogar. El estilo elegido, próximo al grotesco tan estimado por nuestro teatro, tal vez lleve la acción a planos de difícil credulidad. Pero así es nuestro teatro. Y nuestra vida».
Texto especialmente escrito por Carlos Gorostiza para la edición de El aire del río, Vuelo a Capistrano, El acompañamiento, Hay que apagar el fuego (Colihue), a pedido de Jorge Dubatti, enviado por email el 14 de junio de 2011.
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«Mi tendencia es la preocupación por el fondo, por los contenidos, por los conceptos que hacen a un teatro social, a la reflexión sobre la realidad inmediata. Veo la realidad, el mundo a mi alrededor, y me duele. En el caso de Vuelo a Capistrano y El aire del río, si bien son muy diferentes, tienen algo en común: los personajes están preocupados por circunstancias un poco alejadas de la realidad concreta y pedestre. Se preocupan por los grandes pensamientos, pero descuidan las cosas de todos los días. No ven la realidad inmediata. Relaciono esa actitud con lo que se llamó ‘la muerte de la historia’. El gran tema es el de la responsabilidad del hombre por el otro hombre».
«Recuerdo una parábola sefaradí, que parece un trabalenguas, pero está muy buena: ‘Hay quien dice Yo soy yo porque yo soy yo, y vos sos vos porque vos sos vos, pero se equivoca. Porque yo soy yo porque vos sos vos, y vos sos vos porque yo soy yo. Porque si vos sos vos, yo soy yo, y si yo soy yo, vos sos vos. Entonces sí yo soy yo y vos sos vos’. En mí nunca nace el juego, siempre nace la índole. Me aparecen temas que sólo pueden ser una novela, y otros contenidos que sólo pueden ser obras de teatro».
Fragmentos de la entrevista «Carlos Gorostiza. Escuchar el latido social a través del teatro», por Jorge Dubatti, Tiempo Argentino, Suplemento Cultura, domingo 9 de enero de 2011, p. 1 y pp. 4-5.
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«Entiendo que ya puedo dar fin a estas reflexiones repitiendo un concepto personal acerca de cuál es el lugar del escritor. En realidad, los lugares son tres. El primer lugar es su espacio de trabajo. Pasa allí muchas horas de su vida sentado, leyendo, pensando o escribiendo. Frente a él suele haber una útil computadora que espera el momento de entrar en acción. A su lado, algunas anotaciones y otros papeles en blanco también esperan su turno. Cerca de él puede haber también un animoso aparato musical ofreciendo efluvios de Haydn, Mozart, Bach o Beethoven. Este puede ser el primer lugar del escritor. El físico. El que se ve. Pero detrás hay otro lugar, invisible, que no está ocupado por objetos físicos, sino por abstracciones. Este es el segundo lugar, y está alojado en la mente del escritor, quien, habitado por los pensamientos, trata de organizar allí los estímulos que, llegando del exterior, le despiertan a veces la necesidad de crear. Desde el principio el escritor trata de vincular estos dos lugares armonizándolos de modo que el pensamiento abstracto de este segundo lugar no se vea obstaculizado por las cosas concretas del primer lugar. Pero hay un tercer lugar. El que podría denominarse, a mi juicio, el verdadero lugar. Este está en el exterior y no tiene contacto con la mesa de trabajo y los útiles que maneja el escritor. Está ubicado en cualquier calle de cualquier país de la tierra. El escritor lo ha visto y lo sigue viendo, por presencia personal o mediática, y sigue sorprendiéndose constantemente por las tremendas injusticias que el género humano es capaz de generar, aceptar e incluso fomentar contra sí mismo. Este lugar impresiona y se introduce en el segundo lugar, que es la mente del escritor. Y con ese segundo lugar bullendo, el dramaturgo o narrador enfrenta el casi inútil primer lugar de su mesa de trabajo y no sabe qué hacer en él. Porque allí afuera, en el verdadero lugar, inconmovible, perturbadora y constante a lo largo de los años y de las penas, continúa en pie la pregunta de siempre. Ese es el lugar que —se tenga conciencia o no— será al fin fundamento de toda idea de creación».
Fragmento de «La pregunta», artículo de Carlos Gorostiza publicado en la revista Las Puertas del Drama, Asociación de Autores de Teatro de España, Madrid, N.º 38 (2010), p. 17. |
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