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«Emociones y lenguaje líquidos en la era digital», por Alejandro Parini

 

Emojis, reacciones breves, mensajes mínimos; la cultura del «me gusta» no solo reconfigura las dinámicas vinculares, sino también el modo mismo de sentir.


El uso intensivo del celular cambió hábitos sociales y hasta el modo de vincularnos.
Crédito: Stokkete - Shutterstock.

La NaciónZygmunt Bauman, sociólogo y filósofo polaco, nació el 19 de noviembre 1925 en Poznan, Polonia y falleció el 9 de enero de 2017 en Leeds, Inglaterra. Fue una de las figuras más influyentes del pensamiento social contemporáneo. De origen judío, huyó del nazismo, combatió en la Segunda Guerra Mundial y, tras exiliarse de Polonia en 1968, desarrolló gran parte de su carrera académica en la Universidad de Leeds. Su obra alcanzó reconocimiento mundial a partir de la formulación del concepto de «modernidad líquida», metáfora con la que describió la fragilidad de los vínculos humanos y la creciente inestabilidad de las estructuras sociales en el mundo contemporáneo.

Mi interés por la obra de Zygmunt Bauman comenzó hace aproximadamente doce años, cuando inicié la exploración sistemática de la comunicación digital desde una perspectiva discursiva. En ese proceso, sus reflexiones sobre la modernidad líquida y la fragilidad de los vínculos sociales adquirieron para mí una resonancia particular, pues ofrecían un marco sugerente para pensar la inestabilidad, la aceleración y la exposición permanente que caracterizan a los intercambios en entornos digitales. La lectura de Bauman no fue entonces un punto de partida teórico abstracto, sino una herramienta conceptual que me permitió formular preguntas más precisas sobre el lenguaje, la subjetividad y la construcción de sentido en la sociedad tecnologizada.

Este ensayo no pretende constituir un análisis filosófico o sociológico de su pensamiento, sino una observación situada: la de un lingüista que contempla el mundo que lo rodea y se formula preguntas que rara vez encuentran respuestas definitivas. Sin embargo, formularlas es ya una forma de asumir responsabilidad crítica. Me interesa, en particular, comprender cómo los hablantes construyen significado social y cómo navegan este mundo líquido en el que se hallan inmersos: un mundo donde la fluidez no solo es tolerada, sino esperada y, por lo tanto, gestionada.

En medio de la velocidad, la fragmentación y la superficialidad que atraviesan nuestras prácticas comunicativas contemporáneas persiste -no sin tensión- el deseo de sentido, de estabilidad y de intimidad. Sin embargo, ese anhelo convive con estructuras tecnológicas, culturales y económicas que nos empujan en dirección contraria: hacia la aceleración, la exposición permanente, la gratificación inmediata y la reversibilidad constante de los vínculos. Como lingüista, no puedo evitar formular una serie de interrogantes: ¿cómo se construye significado en un mundo donde todo cambia con tal rapidez?, ¿cuál es la durabilidad de ese significado?, ¿qué papel y qué valor conserva la palabra en una cultura donde la imagen parece imponerse?, ¿qué espacio queda para la intimidad cuando la emoción se convierte en contenido cuantificable y monetizable? […].

Seguir leyendo el artículo del académico de número de la AAL Alejandro Parini publicado en La Nación, el sábado 25 de julio.

  • La 17: «Modernidad líquida: cómo son las emociones y el lenguaje en era digital»
 


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