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En la sesión ordinaria del jueves 25 de junio, el académico de número Eduardo Álvarez Tuñón leyó su comunicación titulada «Mario Vargas Llosa, en París», en homenaje al escritor peruano —fallecido en abril del año pasado— a noventa años de su nacimiento, ocurrido el 28 de marzo de 1936.
El artículo de Eduardo Álvarez Tuñón se publica a continuación y también será difundido —como se hace con todas las comunicaciones de los académicos leídas en sesión ordinaria— en el Boletín de la Academia Argentina de Letras —publicación impresa periódica y órgano oficial de la Academia—, en el número que corresponderá al período de enero-junio de 2026.

Mario Vargas Llosa en París, durante los años 60. (Foto: Difusión)
Eduardo Álvarez Tuñón — Esa tarde de marzo de 2019, Mario Vargas Llosa, en París, fatigado de celebridad, sintió alivio por la abrupta cancelación de una entrevista, maldijo y bendijo a un mismo tiempo la informalidad de quienes lo habían citado y se dispuso a evocar el que había sido y ya no era, en el rincón del Café de Flore, donde todas las mañanas se sentaba Jean Paul Sartre y al que miraba de lejos, con admiración, en aquellos años a los que ahora hubiera deseado volver.
Tal vez si yo hubiese descubierto el fracaso de aquella reunión que Mario Vargas Llosa tenía programada y su deliberada opción por la soledad, no me hubiera atrevido a acercarme y solo hubiese esbozado un saludo lejano. Sería una vanidad de mi parte dejar entrever una gran amistad que no existió, pero, como afirma Borges de Lugones en la dedicatoria de su libro El Hacedor, creo que no «me malquería», y que las veces que nos habíamos visto en Buenos Aires, Bogotá y Madrid, le había resultado grato hablar de literatura conmigo y comprobar que Víctor Hugo aún generaba, en alguien más joven, pasiones y fetichismos, difíciles de entender en la postmodernidad, ebria de vanguardias superficiales.
Yo había llegado esa misma mañana a París, el azar había provocado ese encuentro casual y no eran numerosas, al menos para mí, las oportunidades de verlo y conversar. Sentí, entonces, que no ir hacia él aunque fuese para intercambiar palabras cordiales cuando ya se habían cruzado nuestras miradas, era una falta de caballerosidad, que podría haber sido interpretada como un rechazo a sus enfáticas posiciones políticas en una época que sobrestima la relevancia de las ideologías.
Me sonrió a la distancia y advertí, con cierto orgullo, que me había reconocido de inmediato. Debo aclarar, por honestidad, que más allá de la fascinación común por Francia y la veneración de ciertos autores, lo seducía que yo fuera argentino. Para Vargas Llosa, la Argentina ejercía una atracción muy singular; se había formado leyendo libros editados en este país, alababa nuestras traducciones, veía en Buenos Aires una ciudad europea y sentía una mezcla de curiosidad y pena por nuestra suerte. Me dirigí hacia él con la certeza de que mantendríamos un diálogo breve y algo formal, decidido a no invadir la privacidad de un hombre célebre que, sin duda, aguardaría la llegada de alguien. Lo cierto es que nadie parecía advertir su presencia, como si fuese invisible para los otros o una especie de luz lo apartara del mundo […].
Continuar leyendo la comunicación de Eduardo Álvarez Tuñón.
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