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Sin buscar la sorpresa a través de la extravagancia, apartada de toda grandilocuencia, sus aforismos están sostenidos por un refinamiento que permite descubrir vuelo donde hay pájaro y verdad allí donde la espesura de la realidad golpea los ojos.

Alina Diaconú. En sus páginas prima el fulgor de la huidiza realidad.
La Gaceta Literaria — El aforismo ha tenido suerte dispar en nuestra literatura. Desde las ya canónicas Voces (1943 y sus sucesivas reediciones) de Antonio Porchia y los textos de aire aforístico de Baldomero Fernández Moreno agrupados en La mariposa y la viga (1947), pasando por los versos de Ezequiel Martínez Estrada reunidos en Coplas de ciego (1959), hay que llegar hasta Raúl Gustavo Aguirre y a su antología Asteroides (1952-1977) para encontrar nuevas expresiones de esa avecilla hecha de imagen, grafía y sentido que, por lo común, no halla cabida en los textos de mayor extensión.
Aun así, son grandes las diferencias entre los nombrados. Porchia es el más ortodoxo y el de mayor contenido moral. Las piezas de tono repentista de Fernández Moreno suplantan el yo lírico por el yo lúdico. Mientras que los versos de Martínez Estrada se opacan por la sujeción a la rima y métrica. En Aguirre, en cambio, la conjunción de imagen/sentido se da de manera más visionaria, ya que este cultor del poema-relámpago bebió en las aguas de su admirado René Char —el poeta de la Vaucluse, en la Provenza— una experiencia de «incandescencia lacónica», como señala Juan José Saer.
En este escenario, los aforismos de Alina Diaconú sobresalen por su variedad y eficacia. En un tácito homenaje al tango El día que me quieras, y afirmando con este préstamo su bien asumida porteñidad —sabemos que ella nació en Bucarest, Rumania, y que llegó a Buenos Aires siendo muy chica— Alina llama «luciérnagas» a sus aforismos, y las ratifica con el epíteto de «curiosas», tal como consigna la letra de Gardel y Le Pera.
Como las palabras no son inocentes —y menos aún las de la literatura, que tienden a ser metafóricas—, hemos de retener la intermitencia de luz de estas luciérnagas, que nos habla de la condición humana en su fragilidad y en su milagro. Pero como tampoco el epíteto «curiosas» es fortuito, vamos más allá y tomamos en cuenta que en su sinonimia de indiscretas, entrometidas, indagadoras o impertinentes está cifrado un mandato tendiente al conocimiento. Al ansia de saber. Y ya, entonces, entramos en los dominios de la metafísica. Soslayado todo lo que pudiera servir de adorno o habilidad retórica, comprendemos, entonces, que estos aforismos de Alina son exploraciones, descubrimientos y cristalizaciones verbales para decir lo callado, el lado de sombra, la mitad perdida, esa porción de lo inescindible que nos acompaña en su condición de misterio y que comúnmente denominamos «lo inexpresable» […].
Seguir leyendo el artículo del presidente de la AAL Rafael Felipe Oteriño publicado en La Gaceta, el sábado 20 de junio.
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