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«Una lección de silencio, belleza y poesía», por Hugo Beccacece

 


Con la presencia de la artista de 95 años, el Museo Nacional de Bellas Artes inauguró el martes 9 de junio la exposición temporaria “Vechy Logioio. Travesía”.
Crédito: Iesari Matias - Museo Nacional de Bellas Artes .

La Nación — La muestra Travesía, de Vechy Logioio, en el segundo piso del Museo Nacional de Bellas Artes, curada con ojo certero por Andrés Duprat, director de la institución, es una lección de belleza, silencio y disciplina poética. En 1925, Logioio recibió el Premio Nacional a la Trayectoria Artística otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación y el Premio a la Trayectoria del Fondo Nacional de las Artes. Esta exposición individual es la primera que el MNBA le consagra a esta notable pintora y escultora. Se pueden ver y admirar ocho piezas fundidas en bronce de pequeño y gran formato, además de veinte pinturas, collages y técnicas mixtas sobre papel, de series creadas en la década de 1990. Varios de esos trabajos cuidadosamente enmarcados podían verse en la casa-estudio de Logioio en un sector que, a menudo, oficia de comedor. Los invitados que visitaban a Vichy por primera vez siempre se sorprendían cuando veían esos trabajos que ella no exhibía sino en la intimidad.

La estética de Logioio es abstracta. Duprat señaló con agudeza en el vernissage cuál es el origen de esa abstracción: la música. Vechy, antes de consagrarse a la pintura y a la escultura, en su adolescencia y juventud se dedicaba a la música, era una pianista que estudiaba con los mejores maestros en la Argentina y en Europa. Hasta que un día, en la década de 1970, cambió el piano por las artes plásticas, pero conservó de la música, el carácter abstracto. Uno podría decir que hay mucho de lo musical en las formas y el ritmo que animan su obra. Antes, su travesía vital y artística dependía del sonido. Ella sigue escuchando música con la misma avidez de su época de instrumentista. Cuando resolvió conquistar y crear espacios, líneas, valerse de la geometría y de los colores, Vechy eligió a grandes mentores: Emilio Pettoruti, Horacio Butler y Santiago Cogorno. En esos años, entró en su vida el refinado poeta y cuentista Ángel Bonomini. Los dos vivieron largos períodos en París y en Roma.

Había en esa pareja un lazo que unía sus obras: la tenacidad por decir o expresar lo impronunciable. El bronce de Vechy convertido en dóciles y, al mismo tiempo, inexpugnables cintas agitadas en ondas, en olas de metal devenido un material sinuoso y obediente como la seda o un velo, buscaban un acercamiento a lo imposible, la traducción o revelación en volúmenes y formas geométricas de lo inefable. Dice Duprat en el catálogo de la muestra refiriéndose a los dibujos de cuerpos de Vechy: «En su serie de torsos, los cuerpos difuminados, como vistos al trasluz, sugieren un erotismo apolíneo, clásico, al tiempo que dan cuenta de la imposibilidad de capturar lo real». Por ese camino, se llega a la sed de absoluto y a la teología negativa que busca algo imposible: ceñir lo divino enumerando todo lo que Dios no es […].

Seguir leyendo el artículo del académico de número de la AAL Hugo Beccacece publicado en La Nación, el lunes 22 de junio.

 


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