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Compartimos un artículo en homenaje al académico Eduardo Mallea, quien ocupó el sillón N.º 11 «Juan María Gutiérrez» de la AAL entre los años 1960 y 1982.
Miguel Vendramin es el autor de la nota, que permanecía inédita y que, por pedido de nuestro presidente Rafael Felipe Oteriño, fue cedida a la Academia Argentina de Letras para ser publicada en este número del Boletín Informativo Digital con motivo de que este año se cumplen cien años de la publicación de la primera obra de Eduardo Mallea: Cuentos para una inglesa desesperada.

Miguel Vendramin — Eduardo Mallea fue, sin dudas, uno de los más destacados escritores argentinos. Lo conocí en los últimos años de su vida, poco antes de que comenzara a envolverlo un gran silencio quebrado tan sólo por la publicación, en 1974, de Los papeles privados y, pocos meses antes de su muerte, en noviembre de 1982, de La mancha en el mármol, que reúne varias narraciones escritas en fechas diversas.
Mallea era reacio a las entrevistas. Prefería remitirse a su obra —«He escrito tanto y he olvidado tanto lo que he escrito», solía afirmar—, una obra muy vasta que fue creciendo desde la aparición de Cuentos para una inglesa desesperada, su primer libro, editado en 1926, el mismo año en que Ricardo Güiraldes publica Don Segundo Sombra, uno de nuestros clásicos. Durante ese largo medio siglo Mallea escribió más de una treintena de libros —novelas, cuentos, ensayos, dos obras de teatro— varios de ellos traducidos a otros idiomas.
Conocí a Eduardo Mallea gracias a Patricio Gannon, erudito escritor argentino de ascendencia irlandesa que en su libro En los pasos de Pausanias nos dio, desde la leve aliteración del título, la clave de su amor por la métrica inglesa y por el mundo antiguo. Se realizaba en aquellos días una exposición de libros en la calle Florida, a la que habían concurrido ambos escritores. Mallea me invitó a que lo visitase. Tiempo después fui a su casa. Esa primera visita fue motivo de otras. Quienes lo han conocido no podrán olvidar su cortesía, que era —como escribiera Borges refiriéndose a Güiraldes— «la no buscada, la primera forma de su bondad». Tenía la elegancia del gesto y de la palabra: sabía no sólo hablar sino también escuchar. Y es, recordándolo a cien años de la publicación de sus Cuentos para una inglesa desesperada, que transcribo este reportaje […].
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