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Un 14 de junio de 1986, hace cuarenta años, moría Borges en Ginebra; once años antes, en marzo de 1975, aparecía en Buenos Aires, bajo el sello Emecé, la colección de cuentos El libro de arena; ocho meses antes, en julio de 1974, la misma casa editorial daba a la luz la primera edición de las Obras completas del escritor, reunidas en un único y compacto tomo que se ha convertido hoy en objeto de culto. Las consideraciones que siguen, con el pretexto de conmemorar las cuatro décadas de la partida del autor, se proponen vincular este definitivo y capital aniversario con los otros dos, de menor relevancia en apariencia, y estrechamente vinculados entre sí por razones biográficas, literarias y anímicas, según hemos de conjeturar.
El hoy devenido icónico, casi totémico volumen de tapas verdes que declaró en su momento reunir la totalidad de la obra literaria de Borges, apareció con colofón de julio de 1974. Pocos meses antes, en un reportaje concedido a Miguel Briante, Borges advertía que sus Obras completas incluían muchos cambios, sobre todo en las composiciones en verso, respecto de las ediciones primeras o previas de los libros que las integraban, y que además había suprimido textos e incluso libros enteros, ya que «creo que como yo seré juzgado por ese libro, porque ese libro reúne cincuenta años de labor literaria, es que prefiero que me conozcan como el que soy ahora»; también admitía que «hubiera querido hacer un libro menos abultado», ya que «este libro me parece bastante imponente. Tiene mil doscientas páginas» —Borges exagera o al menos redondea, pues el volumen tiene exactamente 1161 páginas—. Más o menos por aquellos mismos días, Bioy Casares anotaba en su diario del 16 de mayo que en Emecé, «al saber que [Borges] se obstina en dejar caer varios de sus primeros libros (El tamaño de mi esperanza, etcétera), comprendieron que no podrían llamar Obra completa al volumen que preparan, lo que, naturalmente, le restaría gran parte de su eficacia comercial. Alguien sugirió de inmediato la respuesta que todos aceptaron: llamar al libro Obras completas. “Ninguna de las que se incluyen estará incompleta”, alegan». Tampoco aquí Borges es del todo veraz en su relato para Bioy, pues bien sabemos que varias de las obras recogidas excluyen, por decisión innegociable del autor, textos particulares que ya no le satisfacían, o que juzgó inútil o imposible tratar de corregir. La aparición del volumen de Obras completas, como vemos, despierta en el autor una genuina satisfacción mixturada con algo de asombro y acaso de vértigo ante el espectáculo de toda —o casi toda— su producción literaria reunida en un solo volumen, ante el intento de condensar en un libro una vida entera dedicada a una incesante creación que incluye, como parte inescindible de su praxis, la corrección, y aun la supresión de textos que constantemente se reformulan y redefinen.
No sabemos exactamente cuándo redactó Borges las escasas páginas de su cuento «El libro de arena», publicado por primera vez en el tomito que lleva este mismo título, y que Emecé editó por fuera de las Obras completas en marzo de 1975, apenas ocho meses después de la aparición de estas. La crítica del momento no recibió con demasiado entusiasmo esta nueva colección de cuentos de Borges, de quien no había dejado de esperarse, desde 1949, el milagro de un nuevo Ficciones o un nuevo El Aleph, milagro que, naturalmente, era imposible que se repitiera. Emir Rodríguez Monegal refleja en su reseña el sentir general de aquellos primeros lectores profesionales, al señalar como característica principal de los relatos de El libro de arena su falta de originalidad y su carácter reiterativo respecto de los grandes cuentos del autor; minuciosamente, el crítico le baja el precio a «El congreso» reputándolo una reelaboración de «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», a «Ulrica» por reiterar el poema «Le regret d’Héraclite» de El hacedor, a «There Are More Things» por provenir de «El testigo» —relato escrito en colaboración con Bioy, perteneciente a Dos fantasías memorables—, a «La secta de los treinta» por retomar «Dos versiones de Judas», a «La noche de los dones» por rehacer tanto «Biografía de Tadeo Isidoro Cruz» cuanto «El fin», a «El espejo y la máscara» y «Utopía de un hombre que está cansado» por limitarse a reelaborar como ficciones, respectivamente, sus famosos ensayos sobre las Kenningar de Historia de la eternidad y «La flor de Coleridge» de Otras inquisiciones, a «Undr» por refundir —y abreviar— algunos pasajes de «El inmortal», a «El soborno» por volver a narrar en clave laica «Los teólogos», a «Avelino Arredondo» por reescribir «La espera», a «El disco» por ser la mera reencarnación de «El zahir», y por último, a «El libro de arena» por repetir y condensar innecesariamente «La biblioteca de Babel». Adviértase que «El otro» queda sin recibir un cargo concreto de autoplagio; tal vez agotado por su denodada búsqueda de referencias puntuales, y para no dejar al primer relato del volumen huérfano de su correspondiente acusación, Rodríguez Monegal lo despacha remitiéndolo a la genérica fuente de la totalidad de los textos borgeanos. Es curioso que alguien que ha demostrado en reiteradas ocasiones su profundo conocimiento de la obra de Borges, y que no ignora por lo tanto la condición raigalmente unitaria y orgánica de esta, pueda reputar como circunstancia particularmente destacable el hecho de que existan temas, motivos, símbolos y obsesiones que se reiteren, reaparezcan, dialoguen y cosignifiquen a través de los libros y a través de los años […].
Leer el discurso completo de Javier Roberto González, académico de número de la AAL, pronunciado el 28 de mayo de 2026 en el acto de la Academia Argentina de Letras en homenaje a Jorge Luis Borges, en conmemoración del cuadragésimo aniversario de su fallecimiento.



Pablo Cavallero, secretario general, Santiago Kovadloff y Javier Roberto Gonzàlez
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