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«El ciudadano Rimbaud. Una entrega sin concesiones al fervor visionario»,
por Santiago Kovadloff

 

A ciento cuarenta años de la publicación de sus Iluminaciones, la obra del poeta francés sigue siendo una fuente de asombro y admiración. El retrato que logró de su tiempo se proyecta invicto sobre el nuestro.

rimbaud
La imagen de un joven Arthur Rimbaud

La Nación — «La grandeza del poeta puede, en realidad, medirse mejor por lo que calla si a la vez intenta no silenciar lo inexpresable» (Richard Wagner).

I. La popularidad de Rimbaud excede su comprensión. Esa popularidad no proviene de su obra sino de su vida escandalosa, turbulenta y trágica. Hay, por lo menos, dos razones que explican esta asimetría. Por un lado, muchos de los efectos de lo que en su tiempo generó siguen obrando en el nuestro sin que terminemos de advertirlo. Su poesía está, aún hoy, a merced de una conciencia lo bastante difusa de lo que propone como para que podamos reconocernos en ella.

Por otro, la trayectoria biográfica de Rimbaud, en especial la de sus años artísticamente productivos, refuerza uno de los mitos más estimados y menos consistentes de la época: el que asocia los años de madurez a la máxima potencia creadora. Dejo para más adelante el análisis de la primera de estas dos razones. Voy ahora a los supuestos de la segunda.

Asombra a muchos todavía que Rimbaud haya sido, antes de los veinte años, un autor genial. Este desconcierto obstruye la comprensión de la auténtica complejidad de su talento. Lo extraordinario del vigor expresivo de Rimbaud no consiste en que se haya manifestado tan temprano, sino en que haya alcanzado la envergadura que tuvo. ¿O es que hubiera sido menos «sobrenatural» que el autor de Una temporada en el infierno y las Iluminaciones fuera capaz de lo que fue a los cuarenta y cinco años, de haber llegado a ellos? La tergiversación, tan del gusto del sentido común, consiste, como es evidente, en desplazar el acento de la cuestión del fenómeno de la genialidad al menos escarpado y más a la mano del «momento» en que aparece.

Y sin embargo ¿qué induce a creer que la genialidad debería manifestarse en la «madurez»? Nada, salvo ese criterio estrecho que supedita la hondura excepcional al paso de los años […].

Seguir leyendo el artículo del vicepresidente de la AAL Santiago Kovadloff publicado en La Nación, el sábado 25 de abril.

  • AUDIO: Emisión del 20 de abril de Café La República,
    programa radial conducido por Jorge Sigal y Santiago Kovadloff:
    poesía y poetas, las reflexiones de Rafael Felipe Oteriño [presidente de la AAL]
    y los mundos imaginarios según Jorge Luis Borges y Fernando Pessoa.
 


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