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Su última gran actuación fue a órdenes de Campanella en el film Parque Lezama, basado en una obra de teatro que había representado doce años ininterrumpidos.

ABC, de España — En plena resistencia contra las feroces ambiciones hegemónicas del populismo de izquierda, cuando Cristina Kirchner todavía se dejaba aconsejar por los tiranos de La Habana y de Caracas, el actor Luis 'Beto' Brandoni me llamaba cada domingo para comentar mi artículo político y darme ánimos e ideas. Un lunes por la noche se apersonó sorpresivamente en la radio y me pidió leer con su voz grave y emocional mi propia columna en directo.
Durante una edición de la Feria del Libro de Buenos Aires, al enterarse de que le había gustado a Arturo Pérez-Reverte la película Mi obra maestra, me rogó que se lo presentara en el camerino: fue todo un espectáculo de bambalinas asistir a ese encuentro de leyendas.
Luis Brandoni era una persona íntegra, un demócrata republicano de centro, que no dudó nunca en alzarse contra el poder del kirchnerismo y hasta movilizar en la calle a multitudes que rechazaban aquella deriva chavista. Se enfrentó incluso a la Asociación de Actores, copada por colegas que militaban para Cristina: fue atacado día y noche, y soportó las consecuentes listas negras. Tenía práctica: en 1974 la Triple A —temible banda armada de la derecha peronista— lo había sentenciado a muerte; debió exiliarse tempranamente en México, regresó durante el gobierno de Videla y fue secuestrado por un grupo parapolicial. Sobrevivió porque ya era famoso, pero fue perseguido y cancelado durante años, y cuando llegó la democracia se sintió seducido por un socialdemócrata: Raúl Alfonsín.
Participó en política sin abandonar su extraordinaria carrera de actor en teatro, cine y televisión. Y su ulterior antikirchnerismo fervoroso no lo transformó en un derechista de Javier Milei: me dijo hace dos años que él se consideraba parte del imaginario Instituto Paria —ironía sobre el Instituto Patria, antro intelectual de los Kirchner—, junto con Juan José Campanella y muchos otros resistentes de la cultura y el pensamiento que se permiten ser críticos de esos falsos progres sin caer en la tremenda equivocación de ser fachas, dicho todo esto en simples términos españoles, y no con las enrevesadas coordenadas ideológicas argentinas.
Durante los últimos años, el dúo Cohn y Duprat —El ciudadano ilustre, Competencia oficial, El encargado— lo dirigieron en películas y series muy exitosas. Una de ellas obedeció a un paternal consejo del propio Brandoni: «Quiero despedirme mostrando lo mejor de Buenos Aires, muchachos, y quiero hacerlo con Robert De Niro». Creyeron que deliraba, pero el actor norteamericano no solo lo recordaba, sino que lo consideraba un buen amigo: aceptó participar por primera vez en una serie —se llamó Nada— solo para pasar un tiempo con Brandoni. Beto y Bob se entendían en un lenguaje que mezclaba el español, el italiano y el inglés, y que dejaba afuera al resto del mundo.
La última gran actuación de Brandoni fue a órdenes de Campanella en un film verbal y contracultural: Parque Lezama (Netflix), basado en una obra de teatro que había representado durante doce años ininterrumpidos. En ese extraño «film de viejos», Brandoni despliega su estrella y su enorme oficio, y se apodera de todo: curiosamente, este verdadero maestro de actores —Darín y Francella se consideran sus discípulos— encarna a un hombre que necesita crear todo el tiempo ficciones orales, alguien que se aferra a las historias inventadas para mantener las ilusiones de la vida […].
Seguir leyendo el artículo del académico de número de la AAL Jorge Fernández Díaz publicado en ABC, el viernes 15 de mayo.
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