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Es una de las pocas palabras en español que tiene lugar en los diccionarios en inglés. Cómo un adjetivo común se convirtió en sustantivo por necesidad de las sociedades latinoamericanas, enfrentadas a una violencia sin nombre.

Madres de Plaza de Mayo en 1977 | CEDOC
Marcela Basch, en Perfil — «En tanto esté como tal, es una incógnita el desaparecido. Si no reapareciera, bueno, tendrá un tratamiento equis. Y si la desaparición se convirtiera en una certeza de su fallecimiento, tendría un tratamiento zeta. Pero mientras sea un desaparecido, no puede tener ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un desaparecido. No tiene entidad, no está. Ni muerto ni vivo, está desaparecido».
Así respondió el presidente de facto Jorge Rafael Videla en una conferencia de prensa en 1979, ante la pregunta del periodista José Ignacio López, quien recogía una inquietud del papa Juan Pablo II sobre los detenidos y los desaparecidos en la Argentina.
Desde ese momento, la palabra que circulaba en voz baja entre quienes buscaban a sus seres queridos fue oficializada y cambió para siempre su sentido. Desde antes la usaban las Madres de Plaza de Mayo, quienes en 1978 ya le decían ante las cámaras: «Por favor, somos todas madres de desaparecidos». Pero cuando la persona que detentaba el máximo poder en el país usó la palabra, la modificó para siempre.
No solo cambió de sentido en la Argentina, ya que el concepto de persona secuestrada por las fuerzas de seguridad con paradero desconocido se usa en toda América Latina. Es más: se usa en todo el mundo, a partir de referencias latinoamericanas. Lo sintetiza el Nunca Más, el libro que en 1984 condensó entre dos tapas el informe final de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP): «Desaparecidos. Palabra —¡triste privilegio argentino!— que hoy se escribe en castellano en toda la prensa del mundo...».
[…] Hoy, hasta la primera acepción de la palabra en el Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española [y la Asociación de Academias de la Lengua Española] está centrada en la violencia que el misterio suma: «Adj. Dicho de una persona: que se halla en paradero desconocido, sin que se sepa si vive». La segunda acepción es más brutal: «Adj. eufem. muerto (‖ que está sin vida)».
En su acepción original, «desaparecido» es un adjetivo derivado del participio de un verbo, como en el caso de «el sombrero desaparecido en la mudanza». Pero ese ya no es el uso principal en la Argentina, donde el adjetivo se convirtió en un sustantivo para nombrar a un conjunto de personas por el tipo particular de violencia que sufrieron. «No todos los participios pasan a ser sustantivos», asegura en una entrevista Santiago Kalinowski, director del Departamento de Investigaciones Lingüísticas y Filológicas de la Academia Argentina de Letras. «Hemos tenido, como sociedad latinoamericana, la necesidad comunicativa de que 'desaparecido' sea un sustantivo, masculino y femenino. No es fácil cambiarle la categoría gramatical a una palabra».
Kalinowski asegura que este uso del término está extendido por toda la región. «Si uno busca en los corpus, encuentra casos de la palabra 'desaparecido' como sustantivo en veintiún países». «No solo los argentinos y las argentinas tuvimos la necesidad comunicativa de crear un sustantivo a través de un participio, pasó en toda Latinoamérica», sostiene.
El lingüista detalla que la mayor frecuencia de uso del término se da en Uruguay, con 4,8 ocurrencias cada millón de palabras, y luego en Argentina, con 4,7. Más atrás quedan Puerto Rico con 3,16, México con 2,78, y les sigue Bolivia.
El hecho de que la palabra estuviera tan extendida, cuenta Kalinowski, tuvo un costo sobre la Academia Argentina de Letras, ya que el hecho de que no se encontrara en el diccionario de argentinismos —justamente, porque se registra en veintiún países— proyectaba una sombra. «Se introdujo en el año 2015 porque tenemos reporte de que la buscan; hay un costo, el hecho de que no esté da un retrato ideológico de la institución».
Para poder ingresarla le dieron una vuelta, lo que Kalinowski llama un «recorte semántico» que precisaba su uso en Argentina. Quedó así: «Dicho de una persona secuestrada por miembros de fuerzas asociadas el Estado, generalmente por razones políticas, en particular durante la dictadura militar que gobernó la Argentina entre 1976 y 1983, y cuyo paradero o situación por lo común se ignora».
Kalinowski señala, sin embargo, que, si bien la palabra hoy no es exclusivamente argentina, sí es eminentemente latinoamericana. «No se puede pensar en esta expresión, 'los desaparecidos', sin un proceso sistemático de represión del disenso político en el marco de las dictaduras regionales. Missing es la traducción que usan los angloparlantes cuando se refieren a la situación latinoamericana. La figura de la persona que desapareció y sus restos no se encuentran nunca más, no es algo que forme parte de la realidad social de otras partes del mundo. Y eso es algo que se ve en la historia de la palabra» […].
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