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Habla de su propio aprendizaje en la paternidad, de la polarización política y del deterioro de la educación. Igual, no se define como nostálgico: «Siempre pienso que lo mejor todavía no ocurrió».

Oscar Martínez, antes del estreno de El último gigante. Con un pie en España y otro en la Argentina, el actor es lúcido en sus opiniones.
Foto: Cleo Bouza.
Enzo Maqueira, en Clarín — Un hombre —un padre— vuelve tras veintiocho años de ausencia para buscar a su hijo y saldar unas cuentas pendientes. El tiempo apremia. Las palabras no alcanzan. El escenario: las Cataratas del Iguazú, esa explosión de fuerza y de naturaleza, justo cuando ese padre siente que ya no puede. El último gigante es una historia de perdón y redención que profundiza en ese vínculo complejo entre un padre que se fue y un hijo que debió quedarse. Y ese padre es encarnado por Oscar Martínez, emblema del cine, la televisión y el teatro de la Argentina, nacido en el día límite entre Libra y Escorpio hace setenta y seis años, radicado en España junto con su pareja, la escritora y motivadora social Marina Borensztein.
La entrevista será a la distancia, sesión de Meet mediante, y su voz grave, su seriedad y su aplomo —ya una marca registrada de este artista que fue galardonado con el premio Konex de platino y que es miembro de la Academia Argentina de Letras, mérito que se ganó por su tarea como dramaturgo— se mezclan con un tono amable y, por momentos, risueño.
[…] —Tenés hijas mujeres, tuviste tres parejas estables conocidas, ¿cómo te llevás con el nuevo lugar que tenemos los hombres en este tiempo y con el que ocupan las mujeres?
—Me llevo bien, siempre fui feminista, incluso antes de tener cuatro hijas mujeres. En el transcurso del aprendizaje que significa tener hijos, haber tenido cuatro hijas mujeres me ha enseñado mucho.
Es indudable que la postergación que tuvo la mujer es vergonzosa y llega hasta nuestro tiempo. Estoy de acuerdo, pero no me gustan los fundamentalismos ni los fanatismos en ningún ámbito. Nunca fui machista y valoro la reivindicación de la mujer. Creo que falta todavía, que para los hombres ha sido muy difícil reubicarse en esta nueva realidad vincular, pero el fundamentalismo que desacredita al hombre por pertenecer al género masculino no lo comparto, me parece excesivo, del mismo modo que aborrezco el machismo. Toda mi vida lo he abominado.
[…] —Parecen dos mundos distintos: un país con un gobierno progresista y el otro conservador en un contexto de polarización global. ¿Cómo te las arreglás para mantener el equilibrio?
—La polarización es una catástrofe. Tanto de un lado como del otro nos obligan al fanatismo. No me anoto en esa. Padezco mucho el momento actual. Hay líderes muy nocivos que nos ponen en peligro a todos y en una situación ante la cual es muy difícil pararse.
Creo que es importante no perder la lucidez y comprender que esto que está ocurriendo es una tragedia para la humanidad. Yo no puedo empatizar con una gestión que estigmatiza la palabra «cultura» y a todos los que de un modo u otro trabajamos en ella. Está muy lindo hablar a favor de la libertad, pero antes de decir «viva la libertad» yo diría «viva la escuela pública, obligatoria, laica y gratuita que hizo grande a nuestro país» […].
Leer la entrevista completa en Clarín.
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