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Compartimos una nueva entrega de la serie de verano «Política Ficción» que publica La Nación, en la que Jorge Fernández Díaz, académico de número de la AAL, narra historias donde lleva a la actualidad a su personaje ficticio, el espía argentino Remil —protagonistas de sus novelas El puñal, La herida y La traición—, y a su jefe y mentor coronel Leandro Cálgaris.
Las acciones se desarrollan en el puro presente, cuando Cálgaris y Remil son reclutados por una agencia paralela de la CIA en Buenos Aires con la misión de «cuidar al gobierno de sí mismo», en la idea de que Estados Unidos ha invertido mucha plata en su suerte. Más información.
A continuación, «Una ardiente Guerra Fría».

La Nación — Hace ya varios años que el empresario de sonrisa fácil sale en la lista de Forbes. Las imágenes de su dossier reservado revelan la impresionante dispersión internacional de sus negocios y lo muestran haciendo gala de una elegante obesidad, rodeado siempre por colegas encumbrados, diplomáticos de todas las embajadas y políticos de todas las líneas. Cálgaris lo llama, desaprensivamente, el Gordo, y explica en petit comité que su modus operandi lleva décadas: gana licitaciones amañadas y caza en el zoológico, pero cuando alguna administración nacional detecta sus cartelizaciones y las desarma, comienza a operar a través de terceros contra la estabilidad cambiaria y a financiar tempranamente las campañas electorales de la oposición: su ambición suele llevarse mejor con el populismo de izquierda que con sus contrincantes, pero lo suyo no son los ideales sino la voracidad. «Sé lo que hiciste el invierno pasado», le advirtió el gobierno libertario cuando, luego de aplicarle un freno, el Gordo de Forbes repitió sus artimañas. A esa andanada oficial respondió con la misma ansiedad que un lobo marino de piedra frente a las olas furiosas de la Bristol. Nuestro socio tiene la orden de que estas maniobras no se reiteren o al menos de que no resulten gratuitas: la Argentina es ahora «país de interés estratégico» para los norteamericanos, y estos actúan bajo la consigna de tratar como propios a los enemigos de su flamante amigo. «No sé qué tiene en mente», lo interroga el coronel. El hombre de los lentes de metal dice: «Le haremos saber que pondremos en marcha una investigación patrimonial en los Estados Unidos y que hasta su visa y las de su familia estarán en riesgo». Cálgaris se arrellana en su sillón, pensativo, y le apunta con su pipa. «El Gordo tiene muchos contactos en su país, aunque principalmente entre los demócratas —indica—. Y luego, por supuesto, está todo ese asunto de los ingleses». Sospechamos, aunque jamás lo pudimos probar, que es un «agente de acceso», alguien que colabora con el MI6, aunque no como espía orgánico, sino como contact man y discreto anfitrión, puerta de entrada a todo el establishment: gente de la banca, la política y la cultura que los británicos necesitan conocer, frecuentar y eventualmente espiar en algún caso.
El señor del Partagás parece sorprendido, descabalga su pierna, vuelve a encender su cigarro: «Los objetivos geopolíticos son actualmente divergentes, al menos en estas latitudes, con nuestros primos hermanos». Cálgaris asiente con la cabeza: «También creemos que el Gordo subvencionó de manera indirecta ciertas actividades que de lejos parecen… progres y altruistas». ¿Cómo qué? «Apoyó con fondos a mucha gente influyente que formaba consensos y que, aprovechando el descrédito de la dictadura militar, propiciaba consciente o inconscientemente la idea de desmantelar por completo las fuerzas armadas. Un PBI de 0,7 para la defensa es el reaseguro de que los aviones no vuelen, los buques no naveguen y los fusiles no disparen» […].
Seguir leyendo el artículo del académico de número de la AAL Jorge Fernández Díaz publicado en La Nación, el domingo 15 de marzo.
Otras recientes entregas de «Política Ficción»
- «Pacto en el Llao Llao», por Jorge Fernández Díaz
La Nación — En los diarios y en los canales de noticias se habla de un fuerte tiroteo entre policías y ladrones en el barrio de San Telmo, pero el episodio no tiene mucha cobertura porque coincide con una maratónica y muy ruidosa sesión en la Cámara de Diputados que, como casi siempre, viene acompañada por marchas callejeras, desmanes, bombas molotov y camiones hidrantes. La verdad detrás de la mentira policial es que, cuando el director de la agencia norteamericana baja de su coche blindado, un tipo en el asiento trasero de una moto Honda le dispara cuatro tiros. El exagente especial de la DEA, que va al volante, se apea y responde con su Beretta 22F, pero no consigue dar en el blanco, y la moto gira en la esquina y se pierde. Todo ocurre en diez segundos, el señor del Partagás sale ileso y todos se dan cuenta de que el sicario tiró alto y que los proyectiles impactaron en las fachadas de una tienda y en el muro de un edificio de departamentos. «No fue un atentado —coincide Cálgaris al ver las fotos—. Fue un mensaje». El señor de los lentes de montura metálica sigue pálido y circunspecto; al agente de la DEA no se le ha movido un pelo: la reacción es directamente proporcional a cuánta experiencia en el campo tuvo cada uno a lo largo de su carrera. A más campo, menos impresión [&hellip].
- «Reclutando a una libertaria», por Jorge Fernández Díaz
La Nación — La dama de plata, como le decimos en clave, nos reúne en su suite del Hilton a pocos días de asumir plenamente la dirección de la agencia privada, nos explica con frialdad que desarrollará una gestión menos defensiva y nos pide que le presentemos lo antes posible una lista de potenciales candidatos: pretende reclutar a alguien dentro del bloque libertario que funcione como un topo y la mantenga informada. Es una idea audaz, marca el nuevo estilo de la compañía y sugiere contar con un mayor caudal de fondos para estas operaciones secretas. Desempolvamos nuestros archivos y preguntamos a nuestras fuentes durante quince días: hay en ese grupo mucha gente con historia y experiencia de «casta» y también mucho debutante sin méritos y con pasado risible o dudoso. Taylor lee los informes y parece vacilar entre dos o tres legisladores, pero Leandro Cálgaris la saca de toda duda: la señorita Elíptico —así la denominaremos internamente para no filtrar su identidad ni siquiera en los mails protegidos por los mejores cortafuegos del mundo— llegó al planeta libertario de la mano de un proveedor de materiales de construcción que se cansó de cantar la marcha peronista, que se cruzó a tiempo de vereda y que cotizó fuertemente en la campaña inicial del mesías en ascenso: está casado por iglesia en su pueblo con una paisana, pero Elíptico funge como su amante fija en Buenos Aires, después de haber sido una simple escort de lujo. El amor no conoce límites. «Suena bien pero no es diputada de la Nación —le advierte nuestra socia—. Apenas una asistente o asesora. Una empleada» […].
Terminó la serie «Política Ficción»
- «Un desafío literario y tecnológico para narrar el poder», por Jorge Fernández Díaz
La Nación — Termina este domingo la serie Política ficción, que se publicó durante enero, febrero y marzo de 2026, y que representó un desafío literario y a la vez tecnológico, puesto que sorprendió principalmente por el espléndido e innovador trabajo con inteligencia artificial que realizó el equipo audiovisual de La Nación: sus trailers o teasers, con gran creatividad y una obsesión por el detalle, llevaron acaso por primera vez la cultura cinematográfica de Netflix a un diario digital y captaron la atención de cientos de miles de lectores en todas las redes sociales. El responsable de esa tarea pionera, que reconocieron en privado varios de los directores más encumbrados del cine argentino e incluso alguno del español, se llama Matías Boela. Fue también el culpable de que me esforzara por escribir anticipadamente muchos de esos relatos, por cuanto ese fascinante proceso visual necesitaba tiempo y paciencia para su elaboración: guion, imágenes, montaje, edición y todo lo demás. Esos teasers, realizados por un equipo de cinco personas (un productor, dos editoras, un operador de IA y un líder de proyecto) funcionaban como una anticipación épica de los relatos, y lograban condensarlos y a la vez imprimirles su propia lógica y estilo. Micropelículas para lectores de diario, o para flâneurs de redes sociales […].
- «Termina “Política ficción”, la serie de verano que combinó literatura con tecnología», por Jorge Fernández Díaz
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