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La escena clave de Trescientas cartas, de Lucas Santa Ana
La Nación — Con cierta frecuencia el amor es un espejismo, un malentendido. La espléndida comedia dramática Trescientas cartas, película recién estrenada, dirigida por Lucas Santa Ana, el talentoso realizador del documental El puto inolvidable (2016), biografía del activista gay Carlos Jáuregui (1957-1996), y de Yo, adolescente (2019), despliega uno de esos «amores» que en algún momento se convierten en un sarcasmo. La proyección puede verse en el cine del Centro Cultural de la Cooperación (Corrientes 1543), los miércoles de este mes, a las 20.30 (hoy, por ejemplo). Probablemente el ciclo continúe en abril.
Jero y Tom son una pareja casi ejemplar para sus amigos. Conviven armoniosamente. Jero dedica su tiempo a entrenarse y a las criptomonedas; Tom escribe poesía. Cuando cumplen el primer año de relación, por supuesto, el Día de los Enamorados, Tom se va y se lo comunica a Jero dejándole una carta y una caja rosada cerrada por un moño de seda tan negra como fúnebre. En la carta, le dice a Jero que dentro de la caja encontrará otras doscientas noventa y nueve cartas escritas en papel también rosado. Su lectura le permitirá comprender el abandono de su compañero de vida. Jero se debate entre las ganas y el temor de leer. Sus amigos, le aconsejan que tire esas cartas.
Tom reconoce que no había tenido nunca un amante que lo satisficiera tan plenamente como él. Con Jero, Tom —lo dice varias veces— había conocido el éxtasis de las santas de Bernini. En un diálogo, llega a decirle que se ha convertido en un adicto al sexo y que renunciar a él le hacía correr el riesgo de no encontrar a nadie comparable. Después de esa confesión, Tom pasa a enumerar todo aquello por lo cual son incompatibles. Quizá lo más importante sea el romanticismo petit bourgeois de Jero que, por ejemplo, quisiera pasear por la calle tomados de la mano. Esa «cursilería» horrorosa abre un abismo entre la «espiritualidad» de uno y la cosmovisión, la estética, la metafísica y el esnobismo del otro. Cada una de las doscientas noventa y nueve cartas abunda en «detalles» de condescendencia y desprecio. Todo lo que Jero le brindaba a corazón abierto a su amante, era exactamente lo que Tom detestaba. Lo único de calidad excelsa que despejaba el cielo nublado era el sexo. Por cierto, en ese punto de la lectura epistolar, el público del cine se reía y se sonreía en canon y a veces en un tutti impiadoso […].
Seguir leyendo el artículo del académico de número de la AAL Hugo Beccacece publicado en La Nación, el jueves 19 de marzo.
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