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Compartimos una nueva entrega de la serie de verano «Política Ficción» que publica La Nación, en la que Jorge Fernández Díaz, académico de número de la AAL, narra historias donde lleva a la actualidad a su personaje ficticio, el espía argentino Remil —protagonistas de sus novelas El puñal, La herida y La traición—, y a su jefe y mentor coronel Leandro Cálgaris.
Las acciones se desarrollan en el puro presente, cuando Cálgaris y Remil son reclutados por una agencia paralela de la CIA en Buenos Aires con la misión de «cuidar al gobierno de sí mismo», en la idea de que Estados Unidos ha invertido mucha plata en su suerte. Más información.
A continuación, «La dulce debilidad del gobernador».

La Nación — Aunque a simple vista no lo parece y usa una divisa tradicionalmente institucionalista, el gobernador es un señor feudal en toda la regla y un tipo muy curtido, que ejerce celoso control sobre sus votantes y no se deja arredrar por ningún carpetazo. Tiene influencia directa sobre dos senadores y tres diputados nacionales, y canjea leyes por fondos, aunque tiende a ser amigable con este oficialismo: ante todo la ética de la responsabilidad y la gobernabilidad de la patria. Pero en las penúltimas sesiones, para negociar mejor, el caballero se ha vuelto sinuoso, le ha retaceado a los libertarios el quorum y ha mandado practicar algunos trucos en comisión y en el recinto, o directamente votar en contra de los intereses de la Casa Rosada.
Puertas adentro, las internas de palacio son binarias y muy tajantes: para unos es un aliado recuperable; para otros, un traidor muy peligroso. Al Presidente no le interesa la política, y entonces las dos facciones siguen por separado sus estrategias. Que gane el mejor. Y cuanto antes, porque se vienen de frente varias legislaciones fundamentales para el plan de estabilización económica. Los más activos e irreductibles no quieren involucrar a la AFI, así que ponen en acción a agentes inorgánicos de una fuerza federal. El gobernador no teme a nadie, pero tiene un talón de Aquiles, una dulce debilidad: su hija de 27 años, que es la luz de sus ojos y que insistió en despegarse de la provincia y de la sombra familiar, para vivir solita y sola en la ciudad junto al río marrón. Es una chica estudiosa —quiere ser arquitecta— y algo rebelde, aunque siempre con la chequera paterna. No acepta, sin embargo, custodia ni vigilancia a su alrededor, y el gobernador está que trina. Vivió desde chica rodeada de canas y patovicas, y puede olerlos a kilómetros de distancia: amenazó a su padre con irse a cursar y radicarse en Singapur si no la dejan en paz. La agencia privada para la que trabajamos no tendría por qué meterse en este berenjenal, puesto que el tema no perjudica al Gobierno y no pone en peligro los intereses norteamericanos en la Argentina. Pero resulta que el gobernador tiene buenos contactos en Washington y un congresista ha pedido hace unos meses, cuando toda esta ofensiva ni siquiera se cocinaba, que le cuidaran el trasero. Para esta «CIA paralela» el caballero es, por lo tanto, Very Important Person [...].
Seguir leyendo el artículo del académico de número de la AAL Jorge Fernández Díaz publicado en La Nación, el domingo 15 de febrero.
- «El testaferro se presenta a cobrar», por Jorge Fernández Díaz
La Nación — Unos exonerados de la Superintendencia de Inteligencia Criminal están buscando por cielo y tierra a un atrevido para pegarle un susto de muerte. Leandro Cálgaris, como otros jerarcas del ambiente, recibe el aviso para ver si puede colaborar con algún dato. Le llama la atención que no se trata del canje de rigor —hoy por ti, mañana por mí— sino que ofrecen una retribución monetaria. Tirando del hilo se da cuenta de que los «bonaerenses» trabajan para un diputado provincial del libertarismo y que urge encontrar al «desertor». Que cumplió 67 años y se llama Baigorri. El coronel tiene un pálpito y me pide que baje al territorio. Cuando hay cash, no hace falta mucha criminología: en dos días averiguo todo y hasta me vuelvo con una pista. Baigorri fue el «hijo postizo» del cacique histórico de ese municipio de la quinta sección electoral. Zona agraria y turística. Con reelección indefinida o con títeres, el barón fue manejando sin sobresaltos y sin escrúpulos el feudo: hasta sus enemigos admiten que era un hombre duro y venal, pero razonable. Usó a Baigorri para todo servicio: chofer, cobrador, peón, albañil, personal de maestranza, acompañante y niñera; lo que hiciera falta. Y, en pago, lo integró a su familia y fue el padrino de su boda. Pero el viejo murió de un síncope y el verdadero hijo del cacique tomó su lugar, y la relación pasó progresivamente de la palmada al látigo. Después el principito perdió la elección con el sello de la UCR, lo expulsaron del partido y tardó algunos años en reingresar a la política como parte de la escudería libertaria. Otra reconversión milagrosa, que le permitió la diputación y no poco poder sobre cuatro o cinco legisladores con fama de corsarios […].
- «Persecución en los Pirineos», por Jorge Fernández Díaz
La Nación — Estoy siguiendo por las calles de Madrid a una mujer flaca y desvaída de mediana edad, sin rasgos llamativos y de aspecto sobrio y ropa neutra, que continuamente se acomoda el pelo oscuro detrás de unas orejas grandes, y que por extraño que parezca resulta inmune a los escaparates y a las rebajas del Corte Inglés. Está alojada en un pequeño hotel de Lavapiés y se dedica durante dos días a pasear por el centro histórico, eludir prolijamente los museos y husmear los mercados, y a cenar sola en la cervecería Santa Anna leyendo un libro que trajo desde Buenos Aires. Como volamos en el mismo avión, aunque alejados uno del otro, sé que se trata de un best seller sobre nutrición: lo vi de reojo al pasar al baño. Ahora está en Atocha a punto de tomar el AVE a Barcelona, y parece nadie en medio de una multitud colorida y ruidosa: el contraste me impresiona, pero no puedo definir qué significa ese sentimiento […].
- «Una foto así nunca desaparece», por Jorge Fernández Díaz
La Nación — En las redes sociales se hace llamar Gerónimo15, por el líder de los apaches chiricahua que escapó de aquella reserva india y se levantó contra la caballería en el desierto de Arizona. Era la declaración de principios de un joven rebelde que creía estar luchando sin piedad contra la «opresión kirchnerista», que tuvo infinidad de refriegas en X con sus enemigos ideológicos, que patrullaba a los disidentes y a los «tibios» para disciplinarlos, y que trabó amistad durante la pandemia con algunos derechistas de última generación, a la postre caciques de las autodenominadas Fuerzas del Cielo. Gerónimo es un tuitero y youtuber exitoso e influyente, ganó fama y dinero gracias a sus seguidores, y se transformó con el tiempo en pieza fundamental del triunfo de los libertarios. Un devoto de la nueva élite, y un talibán de la era de la polarización y la revolución tecnológica. A su rival, sin embargo, lo llaman simplemente Tato y es un ex justicialista del conurbano bonaerense que cambió muchas veces de piel, que tiene notable conocimiento del tablero y que se quedó afuera del partido de Perón por una lapicera caprichosa y por una interna sectaria. Despechado y sin mucho que perder, comienza a trabajar para el León: la suerte y la falta de escrúpulos lo colocan rápidamente en la cresta de la ola y los exitosos comicios de medio término lo dejan incluso a las puertas del nuevo entorno presidencial. Gerónimo y Tato son parecidos y diferentes: uno tiene la fe de los dogmáticos; el otro, la fe de los conversos. Los dos entonan en los actos «la casta tiene miedo», pero el primero considera acertadamente que el segundo es un mero farsante. Tato, por su parte, desprecia a su némesis por considerar que «vive en un frasco» y que confunde la tuitería con la vida real. Gerónimo advierte que la batalla se gana más en los celulares que en los distritos, y que el nuevo territorio no es de barro o asfalto sino de pura virtualidad. Reproducen, en ese sentido, las tensiones crecientes entre las alas de este gobierno —«celestiales» y «terrenales»—, pero existe entre estos dos personajes específicos algo mucho más patológico. Los informes dicen que todo comenzó antes, cuando el actual presidente ni siquiera estaba en el radar del electorado. Gerónimo y Tato, durante esa prehistoria, empezaron a trenzarse con dureza en las redes sociales, y protagonizaron virulentas polémicas que derivaban en el insulto y en las mutuas amenazas de muerte. Estaban en veredas opuestas, y se habían elegido obsesivamente como antagonistas perfectos sin sospechar que, por culpa de la comicidad del destino y la dinámica de nuestra política, alguna vez terminarían dentro del mismo barco […].
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