| |
El filósofo reflexionó sobre los límites de la IA y afirmó que hay preguntas esenciales que no buscan respuestas, sino ser habitadas desde la incertidumbre.

La Opinión — En tiempos de fascinación y temor frente al avance de la inteligencia artificial, el filósofo Santiago Kovadloff [académico de número y vicepresidente de la AAL] propuso una mirada distinta: menos alarmista y más profundamente humana. Durante una intervención en el ciclo Derecho a la pasión, transmitido por TikTok, sostuvo que la IA carece de aquello que define lo esencial del ser humano: la fragilidad, la incertidumbre y la experiencia del tiempo como angustia.
Kovadloff planteó que la inteligencia artificial no posee vida inconsciente, no conoce el lapsus, ni puede experimentar la incertidumbre como angustia frente al tiempo. Esa diferencia, lejos de ser menor, marca un límite infranqueable entre la máquina y el ser humano.
«La inteligencia artificial trata de ser fortaleza», explicó, mientras que el hombre —cuando pretende ser solo fortaleza— corre el riesgo de deshumanizarse. En ese contraste aparece, según el filósofo, algo irremplazable: la fragilidad como condición constitutiva de lo humano.
Uno de los núcleos más profundos de su reflexión fue la idea de que existen preguntas que no están hechas para ser respondidas, sino para ser soportadas. Kovadloff enumeró algunas de ellas: ¿por qué debo no morir?, ¿qué es la libertad?, ¿quién soy?
Según su planteo, la inteligencia artificial puede procesar datos, optimizar soluciones y ofrecer certezas, pero no puede convivir con ese tipo de interrogantes. No porque le falte información, sino porque le falta existencia.
Para Kovadloff, la capacidad de convivir con la incertidumbre es una de las formas más profundas de humanidad. No se trata de eliminar la duda, sino de habitarla. Allí donde la IA busca precisión y control, el ser humano encuentra sentido en la ambigüedad, en el error, en el lapsus, en aquello que no cierra.
Desde esa perspectiva, el filósofo invita a relativizar el miedo al reemplazo total: la inteligencia artificial puede asistir, ampliar capacidades y transformar prácticas, pero no puede sustituir aquello que no se programa: la experiencia de ser finitos, vulnerables y conscientes de no tener todas las respuestas […].
Seguir leyendo el artículo en La Opinión.
|
|