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Ángela Gentile, en Todo Literatura — La obra Ciudad platónica de Rafael Felipe Oteriño [presidente y académico de número de la AAL] es un libro de poemas que utiliza un tono introspectivo; podría decirse una estética de lo oculto. El poeta dialoga sobre algunos espacios, aquellos que Aristóteles denominara como retóricos, esas fuentes donde encontrar argumentos propios. Accederemos con la lectura a dos tipos de «topos». El primero será poético, donde la inmediatez, el presente, se hace visible en una especie de carpe diem; para proseguir con un locus amoenus: el bosque de La Plata, la casa, las mariposas, el lago, la hamaca o el arroyo Carnaval, entre otros; y, por último, la tristeza como espacio sensible donde se alberga la fugacidad.
El segundo topos es de corte filosófico, representado en el viaje de la memoria, pues el poeta permite que el lector sea parte de sus galerías internas, de sus laberintos, y pasar así a la búsqueda del conocimiento necesario para proseguir; finalmente, se hace necesaria la reflexión sobre la identidad y la existencia.
Esta Ciudad platónica se convierte en el topos del libro. ¿Será la ciudad ideal del poeta o existe mientras «continúa dentro del sueño»?
Esta patria espiritual que Oteriño lleva consigo, más allá de la ciudad física, es la ciudad de la mente, sin coordenadas fijas, donde late la memoria poética a través del kairós, tiempo oportuno y cualitativo donde la realidad se eterniza. Es una ciudad dual donde lo visible e invisible permite lo tangible e intangible, abordando la tensión de lo que permanece y lo que cambia. Ese poder acceder al espacio perdido es entrar en lo sagrado en su profanación. Agamben dice al respecto que «Profano —escribe el gran jurista Trebacio— se dice en sentido propio de aquello que, habiendo sido sagrado o religioso, se restituye al uso y a la propiedad de los hombres» […].
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