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La Capital, de Mar del Plata — Jorge Fernández Díaz [académico de número de la AAL] es uno de los escritores y periodistas más influyentes del panorama cultural argentino. Con una obra que cruza la novela negra, el espionaje político y el periodismo de investigación, ha construido una mirada crítica sobre el poder, la democracia y las zonas opacas de la vida pública. En 2025 fue distinguido con el Premio Nadal por El secreto de Marcial, consolidando una trayectoria literaria que dialoga de manera permanente con la actualidad. En el marco del festival MarPlaneta, Fernández Díaz participó de un encuentro junto a Hugo Alconada Mon, donde reflexionó sobre los vínculos entre literatura, periodismo y verdad en un tiempo atravesado por la polarización y la crisis de sentido.
—La charla se titula «Detectives de la literatura en búsqueda de lo real». La palabra “real” hoy parece desbordar cualquier verosímil. Venimos de días donde se desclasifican archivos como los del caso Epstein, cosas que antes parecían paranoia y terminan siendo realidad política concreta. ¿Cómo manejás, como escritor y como periodista, estas bombas que estallan cada vez más seguido?
—Mirá, yo tengo sesenta y cinco años y llevo cuarenta y cinco en el periodismo. Pasé por todo, menos deportes. Fui periodista policial, de investigación, editor de denuncias en distintos medios. Conozco muy bien ese género y sé que debe continuar, porque es fundamental para la democracia. El periodismo de investigación tiene que ser solventado por los medios no solo porque la información es necesaria, sino porque es uno de los grandes sostenes democráticos.
Un tipo como Hugo Alconada Mon, con quien hoy voy a compartir una charla, es central para esta democracia. Investigó a todos los gobiernos, todos los gobiernos pidieron su cabeza, y sigue adelante. Yo fui su jefe en algún momento: es nuestro Woodward. Él trabaja sobre lo real, lo concreto.
Ahora bien, hay muchas cosas que los periodistas sabemos y no podemos probar. Y es una enorme irresponsabilidad publicar lo que no se puede probar porque eso es delito, es gravísimo. Sin embargo, también sabemos muchísimo sobre los mecanismos del entramado mafioso en la Argentina —y en el mundo—, con la particularidad de que la Argentina es un escándalo crónico.
Entonces, cuando el periodismo me ponía una frontera —«hasta acá podés publicar»—, aparecía el terreno impublicable, el terreno de lo indecible. Y ese terreno, si uno tiene experiencia, conoce la trastienda del poder, la naturaleza humana, y ha vivido con los ojos abiertos —como decía Hemingway—, puede transformarlo en literatura. Siempre una literatura responsable: con personajes inventados, situaciones inventadas, pero equivalentes a cosas que uno sabe que existen.
A veces tres o cuatro hechos reales se condensan en uno solo en la ficción. Y pasa algo curioso: amigos míos del periodismo leen mis novelas o mis columnas de ficción política y me dicen «esto pasó», «esto pasó». Son cosas que yo imaginé a partir del conocimiento del terreno. Ahí se ve el reverso y el inverso del periodismo y la literatura. Hay una literatura política posible, escrita al ras de la actualidad, que puede ser tan reveladora como el periodismo más duro.
Por eso sentí que el mundo de Remil —una trilogía que fue muy exitosa— tenía que volver. Para contar lo que está pasando hoy, paradójicamente, a veces la literatura ilumina más que el género de la verdad. Esa es una gran paradoja […].
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