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ACTO DE ENTREGA DE LOS PREMIOS AAL 2023-2024

El discurso de Guiomar Elena Ciapuscio,
Premio AAL de Filología y Lingüística

 


Guiomar Ciapuscio, Rafael Felipe Oteriño, Jorge Dubatti, Andreína Adelstein y Rafael Felipe Oteriño

Para empezar, quiero manifestar mi gratitud a la AAL, a sus autoridades, a la comisión de filólogos y lingüistas que propuso mi nombre para recibir este premio y a todos los académicos por haber aprobado por unanimidad mi candidatura. Que la Academia Argentina de Letras haya instaurado un premio a la trayectoria en Filología y Lingüística me parece un hecho trascendente, que merece ser celebrado. Como dirían los abogados: un gesto de estricta justicia. Porque la Filología y la Lingüística no son, como suele ser la idea bastante extendida, meras asignaturas o técnicas dedicadas a enunciar reglas de corrección y prescribir las buenas formas del hablar y del escribir.

La filología, etimológicamente, «amor a la palabra», es una disciplina milenaria, la parte más extensa, fundamental y fecunda de las ciencias humanas. Consiste en el estudio de los textos en su contexto histórico, social y cultural. Su alcance trasciende lenguas, épocas y ámbitos temáticos. La lingüística —uno de sus desprendimientos ocurrido en los finales del siglo XIX— tiene una estrechísima conexión con ella; su objeto es el lenguaje humano, su propósito es comprender y explicar su intrincada y compleja naturaleza, cómo ha evolucionado en la especie, cómo varía en los distintos grupos humanos, cómo lo adquieren los niños y cuáles son los mecanismos generales y específicos que hacen posible su realización en distintas lenguas naturales; cómo se usa para actuar individual y socialmente, para producir y comprender textos, con propósitos variados (desde los más mundanos a los literarios).

La AAL es precisamente el lugar donde estas disciplinas deben encontrar el mayor reconocimiento. Me parece una iniciativa sobresaliente en estos tiempos especialmente difíciles para las humanidades, tiempos en los que las consecuencias de la degradación de la palabra y el desprecio por el cuidado de las formas en los intercambios lingüísticos conforman, construyen, quiero decir, son parte esencial de muchos de los hechos penosos a los que nos somete la realidad cotidiana.

Es la primera vez que recibo un premio personal de tal jerarquía. Así que confieso, ustedes, me han conmovido, casi conmocionado. Por eso, quiero expresar mi alegría. Una alegría que fue incrédula, al comienzo, cuando me dieron la noticia; después, con el paso de los días, desbordante, y ahora, llegado este momento, necesariamente apretada, contenida. Aunque parezca un tópico repetido, previsible en situaciones como esta, tengo que decir que este premio es un reconocimiento que sinceramente no esperaba.

El premio que me ha concedido la AAL me ha obligado a mirar hacia atrás. En el camino vital de una persona hay varios factores que inciden en su desarrollo y destino. Una síntesis muy apretada y bastante comprehensiva, a mi juicio, es la que expresa el sintagma «voluntad y azar». Es una frase que goza de cierta tradición filosófica y también filológica. Pensándolo detenidamente, creo que en mi caso hubo mucho de voluntad y trabajo, y bastante de azar (del bueno y del malo).

Haberme podido dedicar de lleno a la investigación y a la docencia universitaria es algo que debo agradecer a dos instituciones: la Universidad de Buenos Aires (donde me formé) y al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. En esas dos instituciones, no sin escollos y dificultades de diversa índole (hay que decirlo también), pude recorrer todos los escalones de la carrera de investigación y la docencia, y pude volcarme con entusiasmo y pasión a estudiar, reflexionar, escribir, discutir, enseñar y ayudar a formar nuevos recursos humanos. Y lo pude hacer desde siempre —salvo durante mi estancia en el exterior— en la que es mi segunda casa, el Instituto de Filología y Literaturas Hispánicas, «Dr. A. Alonso»”, espacio alejado de los avatares y altibajos 'puanescos'; un cobijo del que algún día me costará mucho despedirme.

Pero permítanme también incluir en mi agradecimiento a dos instituciones extranjeras: la Universidad de Bielefeld de Alemania y al Deutscher Akademischer Austauschdienst, el servicio alemán de intercambio académico, por el firme apoyo que me han brindado, no solo durante mis estudios doctorales en Alemania, sino también desde entonces, a lo largo de mi extensa actividad académica. He podido vivir y aportar a la internacionalización de mi disciplina en primera persona, he podido enriquecerme humana e intelectualmente y he podido también contribuir a que jóvenes de nuestro país y de otras latitudes se beneficien de la experiencia científica intercultural, a mi juicio, indispensable para la formación de especialistas en cualquier área de que se trate.

Debería agradecer a muchísimos colegas, de aquí y de distintos lugares del mundo, porque la labor de investigación es siempre diálogo, crítica y conclusión siempre provisoria, hasta la próxima crítica, pero sería tedioso y por tanto inadecuado en este marco. Sí quiero mencionar en mi agradecimiento a dos personas determinantes en mi vida académica. Ellas fueron Ofelia Kovacci, quien presidió esta academia, y Elisabeth Gülich, mi directora de tesis doctoral en Alemania. De Ofelia aprendí mucho; entre otras cosas, me enseñó muy desde el principio que para avanzar en el trabajo debía «ponerme orejeras” —«Guiomar, usted, con orejeras», me decía—, concentrarme en el trabajo e ignorar todo elemento distractor; seguir con lo mío, sin atender corrillos ni dejarme perturbar. Hice lo que pude, Ofelia. No siempre es fácil. De Elisabeth aprendí muchísimo, sigo aprendiendo todavía. Por ejemplo, y nada menos, que la investigación, la curiosidad y el humor son una tríada mágica que puede llevar muy lejos.

Finalmente, quiero agradecer en el plano más personal, en el que todo empieza y mucho se explica. El azar me regaló una familia a la que debo gran parte de lo que he logrado. Mis abuelos inmigrantes, llegados a un pueblo de Entre Ríos, pobres, trabajadores, con escuela primaria incompleta, me transmitieron valores que vertebran mi vida y me sostienen en tiempos aciagos, especialmente, la contracción al trabajo, la integridad, y la resistencia a las tormentas. Tuvieron hijos «doctores», como era la Argentina entonces, que me educaron con libertad y respeto, para que hiciera lo que quisiera, pero, eso sí, que fuera buena en lo que hiciera. Fue mi padre quien desde los primeros años de vida me inculcó el amor por la palabra, por la lectura, por el conocimiento y por la educación (el poeta Frínico diría, me hizo filóloga; «Filólogo es el que ama las palabras y vive preocupado por la educación»). Mi madre, maestra egresada de la escuela normal de Paraná, me enseñó a observar el mundo exterior en sus detalles; de ella recibí claridad, contención y, sobre todo, humanidad. Debo mucho de lo que soy al amor y la alegría de mis padres, de mis tres hermanos y de mi hermana prima; a mis hijos, claro, que han sido y son la conexión a tierra imprescindible, y que, aunque suene algo absurdo, me hicieron crecer y comprender mucho de lo que puede llegar a ser la vida y el destino, que ignoraba. Y por supuesto a Wilfredo, sin cuyo apoyo y generosidad esta trayectoria que hoy ustedes premian no hubiera sido posible.

Gracias.

Guiomar Elena Ciapuscio.

Discurso pronunciado el jueves 27 de noviembre de 2025,
en el acto de la Academia Argentina de Letras en el que se entregaron
los reconocimientos anuales de la AAL edición 2025
(correspondientes a los períodos 2023 y 2024).




 


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