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El poeta y periodista celebró una vida marcada por su pasión por las letras, sus crónicas como corresponsal y su incansable curiosidad por los viajes y el arte.

Sebastián Jorgi, en La Capital de Mar del Plata — Mis conversaciones con Antonio Requeni [académico de número de la AAL] en el Bar La Tolva de Rosario y Senillosa, pleno corazón del barrio de Caballito, son verdaderas lecciones para mí. El anecdotario es interminable; entre sus viajes como corresponsal de La Prensa en Francia y sus escapadas a Europa, especialmente a Italia, es notable cómo todo lo despliega con humor, por lo que uno intuye una vida literaria plena, feliz. Cada semana y media, según, intercambiamos pareceres sobre narradores y poetas que hemos conocido, obviamente él mucho antes que yo.
A punto de cumplir 95 años, la Fundación Argentina para la Poesía le ha organizado una cena en su honor en el barrio de Monserrat. Conocí a Antonio Requeni en una reunión informal de escritores en la Feria del Libro de Buenos Aires, donde oficiaba de jefe de prensa junto a Susana Rawson Paz, en los años 80. Posteriormente, nuestros encuentros continuaron en la SADE, en la Fundación Dupuytren, liderada por el médico y poeta Alfredo De Cicco, y a través del tiempo en cafés literarios, presentaciones de libros y congresos, como los organizados por Gente de Letras y el Instituto Literario y Cultural Hispánico.
Discípulo del poeta González Carbalho, fue alumno de Aurora Bernárdez (esposa de Julio Cortázar) en el Colegio Joaquín V. González de Barracas, donde se recibió de Perito Mercantil. En La Prensa —donde trabajó cuarenta años— tuvo de compañero a Jorge Calvetti, jujeño, nacido en el pueblo de Maimará. Precisamente, otro poeta del que gocé su amistad y generosos consejos, compartiendo un «vino reserva de 4.50», para aquella época de excelente bodega. En el libro Poesía reunida de Requeni, editado por la Academia Argentina de Letras, he leído una sentida carta a Jorge Calvetti: «Hoy quisiera conversar contigo como en aquellas noches del diario, entre galeras, cables y la música de los viejos pianitos de escribir. Mucho ha cambiado todo, yo sigo amando la poesía, aquella que nos hizo vibrar…».
Su amistad con Alejandra Pizarnik —ambos vecinos cercanos en Avellaneda— la encontramos también en este libro de poemas reunidos: «Carta para Alejandra Pizarnik en el país de la Inocencia», nostálgica evocación: «Querida Alejandra: Hoy estuve caminando por tus calles, esas calles que nos vieron andar juntos hace más de veinte años. Éramos muy jóvenes. Vos, una chiquilina de pelo rubio y ojos claros, ensanchados por el asombro, te parecías a Alicia en el País de las Maravillas… Hablábamos de poesía sin que el tema se nos acabara nunca…» […].
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