| |
Historia intensa, barroca y fascinante.

Fernando Sánchez Sorondo, en La Gaceta — Novela póstuma, Los heraldos negros es quizás una de las más intensas, barrocas y fascinantes ficciones de Abel Posse, quien, por desdicha, no tuvo la suerte de los que podemos asistir hoy a la lectura maravillada de esta obra cumbre. El título, tomado obviamente del gran poema de César Vallejo (Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!), nos anticipa el tono de este gran libro, que viene a completar la «Tetralogía del Descubrimiento», referida a la conquista de América: Daimón (1978), Los perros del paraíso (1983), El largo atardecer del caminante (1992). Abel venía concibiendo esta historia desde hace más de 40 años.
Un poco a la manera de El nombre de la rosa de Umberto Eco, el escenario donde transcurre Los heraldos negros está poblado de monjes y seminaristas, mitos, leyendas y tradiciones, algunas perversas y simoníacas y otras pobladas de santos y de mártires. Su prosa irradia un magnetismo de maligno poder expresivo, un lenguaje de bella, profana y lúbrica osadía.
«De ahora en más todo sería susurros y gemidos, crujir de esfínteres y balanceo pélvico. Satán así lo quería. Ave». Y sigue: «Anochecía. Sobrevendría lo peor. Ya se adivinaba el profundo hedor de semen que humedecía todas las sotanas».
El más desinhibido Posse no reprime al final de su largo atardecer del caminante, «la presencia y la torva expresión de las iglesias sumergidas, la nueva rebeldía del Cristo en ojotas y con taparrabos de arpillera. Ese Cristo tan opaco y sombrío como la vida de los pueblos imperializados. Los teólogos de Roma —ante la noble y terrible parábola de la “Kastratzia”— tenían que comprender que Dios nace o renace casi con rabia en los ámbitos de la indigencia y la frustración» […].
Seguir leyendo la reseña en La Gaceta.
|
|