Ha concluido, Federico, el penoso y lento deterioro que te fue minando el cuerpo y la vitalidad. Todo ese tiempo hemos visto, por meses y meses, junto a tu lecho, a Gladys asistirte, velarte, cuidarte como esposa fiel y afectuosa, atenta a cada uno de los detalles que te aliviaran el sufrimiento y te dieran algo de serenidad.
Aunque te fuiste despidiendo de a poco, no nos será fácil acostumbrarnos a tu ausencia. No verte todos los días, sentado en tu vastísimo despacho, frente a la mesa amplia, cubierta de libros recibidos, con dedicatorias y cartas de amigos o escritores noveles que te pedían opinión. Le dedicabas horas y horas a la correspondencia cultivando un género de comunicación que se iba desplazando al correo electrónico, pero que vos continuabas tecleando en tu vieja máquina baqueana, donde, además del diálogo epistolar, pasaste en limpio tantas páginas tuyas, de narrativa o lírica, que merecieron el elogio de los críticos y la gratitud de los lectores hedónicos de varias generaciones.
Recuerdo cuando una vez, con ánimo de crítica, te pregunté por qué consumías tanto de tu tiempo en escribirles en respuesta a los escritores primerizos que te enviaban sus libros, para pedirte opinión o consejo. Y tu respuesta fue otra pregunta: “¿Ya te olvidaste de las Cartas a un joven poeta?
Me parece verte entusiasmado con la visita de algún amigo que entraba a saludarte. Te desplazabas de inmediato a los sillones, junto a la mesita, pedías café y te olvidabas del mundo, zambullido en la conversación amical. Tu gesto, para con los que irrumpíamos en tu despacho, era siempre hospitalario: dejabas de hacer lo que tenías entre manos y te disponías jovial a dialogar, con un tono cordial, con una modulación de voz sin tensiones ni estridencias, que hacía gratísimo el coloquio.
Eras gruñón y quejoso cuando algo te molestaba, y no ocultabas el disgusto. Pero una palabra lenitiva te daba vueltas el ánimo y trocabas el gesto adusto por una sonrisa ingenua y abierta.
El mejor regalo que te hice fue el traerte un manojo de monografías de mis estudiantes de Literatura Argentina, de La Plata, sobre diferentes obras narrativas tuyas. Te brillaban los ojos y no podías postergar el momento de hojear aquellas carpetas que contenían, y eso es lo que imantaba tu atención, la opinión incipientemente crítica y analítica de jóvenes alumnos de Letras. Cómo gozaste con ese recreo que te generé sin sospechar que sería tan de tu agrado.
Tuviste un sólido sentido institucional. Nunca te serviste de la Academia; la serviste por décadas, con verdadera consagración personal. Para mi gestión, fuiste un hombre de consejo que supo orientarme en temas y situaciones delicadas. Por eso, egoístamente, demoré cuanto pude tus decisiones de dejar el cargo, y hallaba siempre razones para retenerte.
No voy a hablar de tu narrativa, ni de tu lírica, ni de tu ensayística. Ni de los dos últimos libros con estudios de temas argentinos y de la literatura universal, que agavillaste para la Academia. Todas tus obras fueron bien recibidas y celebradas y, sobre todo, ofrecieron el domingo de la inteligencia, como dice Amiel, a tus lectores.
Fuiste una imagen transparente en tu comportamiento ético sin dobleces. Imprimiste la impronta de la honestidad en cada acto tuyo, en cada decisión, en cada opinión que pronunciaste.
Te dediqué uno de mis últimos trabajos en nuestro Boletín: “A Federico, villanciquero”, donde celebraba tus obritas navideñas nacidas de varios hontanares hermanados: tus bien cursados cancioneros populares del Siglo de Oro, los tomazos de Carrizo, y tu espíritu religioso, celebrante del hecho de la Encarnación, que es base de toda una poética.
Toda tu obra, verso y prosa, está transida y oreada por un hálito cristiano, hondo y amplio, que te asistió para entender a fondo los dramas anímicos de tus criaturas de cuentos y novelas, y darles una proyección universal a sus tensiones y dilemas, desde tu premiada primera novela, hasta la última, y en todas tus líneas poemáticas, que religan tu palabra a la Palabra.
Federico: adiós, en nombre de tus cofrades académicos, de todo el personal, y de particular manera, en nombre de Estela y de Viviana, y de Carlos, de Rodolfo y de Claudio, quienes convivieron con vos, durante años en la misma planta, los trajines de los días sumados a los días.
Dios, que ya te ha recibido gozoso en su seno, suprimidos el espacio y el tiempo, te ha dejado continuar con la más dilecta de tus labores: pastorear las palabras para siempre.
Adiós, hermano.
Pedro Luis Barcia